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martes, 5 de abril de 2011

Pecado de omisión

Pecado de omisión
[Cuento. Texto completo]
Ana María Matute
A los trece años se le murió la madre, que era lo último que le quedaba. Al quedar huérfano ya hacía lo menos tres años que no acudía a la escuela, pues tenía que buscarse el jornal de un lado para otro. Su único pariente era un primo de su madre, llamado Emeterio Ruiz Heredia. Emeterio era el alcalde y tenía una casa de dos pisos asomada a la plaza del pueblo, redonda y rojiza bajo el sol de agosto. Emeterio tenía doscientas cabezas de ganado paciendo por las laderas de Sagrado, y una hija moza, bordeando los veinte, morena, robusta, riente y algo necia. Su mujer, flaca y dura como un chopo, no era de buena lengua y sabía mandar. Emeterio Ruiz no se llevaba bien con aquel primo lejano, y a su viuda, por cumplir, la ayudó buscándole jornales extraordinarios. Luego, al chico, aunque le recogió una vez huérfano, sin herencia ni oficio, no le miró a derechas, y como él los de su casa.

La primera noche que Lope durmió en casa de Emeterio, lo hizo debajo del granero. Se le dio cena y un vaso de vino. Al otro día, mientras Emeterio se metía la camisa dentro del pantalón, apenas apuntando el sol en el canto de los gallos, le llamó por el hueco de la escalera, espantando a las gallinas que dormían entre los huecos:

-¡Lope!

Lope bajó descalzo, con los ojos pegados de legañas. Estaba poco crecido para sus trece años y tenía la cabeza grande, rapada.

-Te vas de pastor a Sagrado.
Lope buscó las botas y se las calzó. En la cocina, Francisca, la hija, había calentado patatas con pimentón. Lope las engulló deprisa, con la cuchara de aluminio goteando a cada bocado.

-Tú ya conoces el oficio. Creo que anduviste una primavera por las lomas de Santa Áurea, con las cabras de Aurelio Bernal.

-Sí, señor.

-No irás solo. Por allí anda Roque el Mediano. Iréis juntos.

-Sí, señor.

Francisca le metió una hogaza en el zurrón, un cuartillo de aluminio, sebo de cabra y cecina.

-Andando -dijo Emeterio Ruiz Heredia.

Lope le miró. Lope tenía los ojos negros y redondos, brillantes.

-¿Qué miras? ¡Arreando!

Lope salió, zurrón al hombro. Antes, recogió el cayado, grueso y brillante por el uso, que guardaba, como un perro, apoyado en la pared.

Cuando iba ya trepando por la loma de Sagrado, lo vio don Lorenzo, el maestro. A la tarde, en la taberna, don Lorenzo fumó un cigarrillo junto a Emeterio, que fue a echarse una copa de anís.

-He visto a Lope -dijo-. Subía para Sagrado. Lástima de chico.

-Sí -dijo Emeterio, limpiándose los labios con el dorso de la mano-. Va de pastor. Ya sabe: hay que ganarse el currusco. La vida está mala. El «esgraciado» del Pericote no le dejó ni una tapia en que apoyarse y reventar.

-Lo malo -dijo don Lorenzo, rascándose la oreja con su uña larga y amarillenta- es que el chico vale. Si tuviera medios podría sacarse partido de él. Es listo. Muy listo. En la escuela...

Emeterio le cortó, con la mano frente a los ojos:

-¡Bueno, bueno! Yo no digo que no. Pero hay que ganarse el currusco. La vida está peor cada día que pasa.
Pidió otra de anís. El maestro dijo que sí, con la cabeza. Lope llegó a Sagrado, y voceando encontró a Roque el Mediano. Roque era algo retrasado y hacía unos quince años que pastoreaba para Emeterio. Tendría cerca de cincuenta años y no hablaba casi nunca. Durmieron en el mismo chozo de barro, bajo los robles, aprovechando el abrazo de las raíces. En el chozo sólo cabían echados y tenía que entrar a gatas, medio arrastrándose. Pero se estaba fresco en el verano y bastante abrigado en el invierno.

El verano pasó. Luego el otoño y el invierno. Los pastores no bajaban al pueblo, excepto el día de la fiesta. Cada quince días un zagal les subía la «collera»: pan, cecina, sebo, ajos. A veces, una bota de vino. Las cumbres de Sagrado eran hermosas, de un azul profundo, terrible, ciego. El sol, alto y redondo, como una pupila impertérrita, reinaba allí. En la neblina del amanecer, cuando aún no se oía el zumbar de las moscas ni crujido alguno, Lope solía despertar, con la techumbre de barro encima de los ojos. Se quedaba quieto un rato, sintiendo en el costado el cuerpo de Roque el Mediano, como un bulto alentante. Luego, arrastrándose, salía para el cerradero. En el cielo, cruzados, como estrellas fugitivas, los gritos se perdían, inútiles y grandes. Sabía Dios hacia qué parte caerían. Como las piedras. Como los años. Un año, dos, cinco.

Cinco años más tarde, una vez, Emeterio le mandó llamar, por el zagal. Hizo reconocer a Lope por el médico, y vio que estaba sano y fuerte, crecido como un árbol.

-¡Vaya roble! -dijo el médico, que era nuevo. Lope enrojeció y no supo qué contestar.

Francisca se había casado y tenía tres hijos pequeños, que jugaban en el portal de la plaza. Un perro se le acercó, con la lengua colgando. Tal vez le recordaba. Entonces vio a Manuel Enríquez, el compañero de la escuela que siempre le iba a la zaga. Manuel vestía un traje gris y llevaba corbata. Pasó a su lado y les saludó con la mano.

Francisca comentó:

-Buena carrera, ése. Su padre lo mandó estudiar y ya va para abogado.

Al llegar a la fuente volvió a encontrarlo. De pronto, quiso llamarle. Pero se le quedó el grito detenido, como una bola, en la garganta.

-¡Eh! -dijo solamente. O algo parecido.

Manuel se volvió a mirarle, y le conoció. Parecía mentira: le conoció. Sonreía.

-¡Lope! ¡Hombre, Lope...!

¿Quién podía entender lo que decía? ¡Qué acento tan extraño tienen los hombres, qué raras palabras salen por los oscuros agujeros de sus bocas! Una sangre espesa iba llenándole las venas, mientras oía a Manuel Enríquez.

Manuel abrió una cajita plana, de color de plata, con los cigarrillos más blancos, más perfectos que vio en su vida. Manuel se la tendió, sonriendo.

Lope avanzó su mano. Entonces se dio cuenta de que era áspera, gruesa. Como un trozo de cecina. Los dedos no tenían flexibilidad, no hacían el juego. Qué rara mano la de aquel otro: una mano fina, con dedos como gusanos grandes, ágiles, blancos, flexibles. Qué mano aquélla, de color de cera, con las uñas brillantes, pulidas. Qué mano extraña: ni las mujeres la tenían igual. La mano de Lope rebuscó, torpe. Al fin, cogió el cigarrillo, blanco y frágil, extraño, en sus dedos amazacotados: inútil, absurdo, en sus dedos. La sangre de Lope se le detuvo entre las cejas. Tenían una bola de sangre agolpada, quieta, fermentando entre las cejas. Aplastó el cigarrillo con los dedos y se dio media vuelta. No podía detenerse, ni ante la sorpresa de Manuelito, que seguía llamándole:

-¡Lope! ¡Lope!

Emeterio estaba sentado en el porche, en mangas de camisa, mirando a sus nietos. Sonreía viendo a su nieto mayor, y descansando de la labor, con la bota de vino al alcance de la mano. Lope fue directo a Emeterio y vio sus ojos interrogantes y grises.

-Anda, muchacho, vuelve a Sagrado, que ya es hora...

En la plaza había una piedra cuadrada, rojiza. Una de esas piedras grandes como melones que los muchachos transportan desde alguna pared derruida. Lentamente, Lope la cogió entre sus manos. Emeterio le miraba, reposado, con una leve curiosidad. Tenía la mano derecha metida entre la faja y el estómago. Ni siquiera le dio tiempo de sacarla: el golpe sordo, el salpicar de su propia sangre en el pecho, la muerte y la sorpresa, como dos hermanas, subieron hasta él así, sin más.

Cuando se lo llevaron esposado, Lope lloraba. Y cuando las mujeres, aullando como lobas, le querían pegar e iban tras él con los mantos alzados sobre las cabezas, en señal de indignación, «Dios mío, él, que le había recogido. Dios mío, él, que le hizo hombre. Dios mío, se habría muerto de hambre si él no lo recoge...», Lope sólo lloraba y decía:

-Sí, sí, sí...
FIN

martes, 16 de junio de 2009

"Oficina de reclamaciones del Universo"

En la fachada había un gran cartel con letras doradas:

"Oficina de reclamaciones del Universo"

Empujé las pesadas puertas y comencé a caminar por el interior. La estancia era enorme y el suelo estaba reluciente. Aunque el sitio era austero, se notaba que allí había pasta.

Vi un único mostrador en el otro extremo de la sala y hacia allí me dirigí. Todo estaba en silencio. Podía oír el chirriar de mis suelas de goma sobre las brillantes baldosas cada vez que no acertaba a ajustar un paso.

Al otro lado del mostrador había un tipo de mi edad.

—Buenas tardes. ¿En qué le puedo ayudar? —dijo cuando hube llegado hasta a él.

—Buenas tardes. Quería presentar una reclamación sobre la vida.

—Oh, la vida es uno de nuestros productos estrella. Dígame, ¿qué problema tiene?

—En realidad no es nada grave. Se trata más bien de... pequeños inconvenientes. —dije.

—Ahá. Dígame, le escucho.

—Le pondré un ejemplo... Esta tarde, al salir de casa, he coincidido en el ascensor con la vecina del sexto. La chavala está como un queso.

—Ahá —asintió el tipo escuchando con atención.

—Y hemos bajado los dos en silencio mirando el suelo. Ha sido muy extraño. En ningún momento me ha dicho "Hola, ¿me quieres tocar las tetas?" o "¿Quieres que te haga una felación?".

—Comprendo —dijo.

No añadió nada más. Simplemente se quedó mirando.

—En realidad no es un problema, ya le digo. Son más bien pequeñas "molestias", pequeños "inconvenientes" —y levanté las manos haciendo como que ponía comillas a mis palabras.

—Ahá... —respondió el funcionario.

A mí ya no me quedaba más que añadir, así que el silencio se adueñó de la sala. Aquel podía ser perfectamente el silencio del Universo, y se me antojó algo incómodo. Finalmente el tipo levantó una ceja y preguntó:

—Entonces... ¿nunca le ha preguntado una mujer si usted quería una felación?

El tipo parecía desconfiar, y con razón.

—Sí, bueno... —admití. —Eso sí que me ha pasado.

—Ahá —dijo. —Pero no lo de las tetas.

—No, lo de las tetas no.

—Entiendo...

Cambié el peso de pierna. Me estaba empezando a sentir algo estúpido por mi reclamación.

—Verá —le dije—, es que a veces tengo la impresión de que su producto debería haber venido con un manual de intrucciones, y el caso es que nunca me ha llegado.

—Comprendo —dijo—. ¿Ha cambiado usted de domicilio últimamente?

—Varias veces.

—Podría tratarse de eso. En cualquier caso, deme un momento que consulto el ordenador.

Se dirigió hacia el extremo del mostrador y pulsó unas cuantas teclas. Paseé mi vista por la amplia estancia para pasar el tiempo. Siempre se me hace raro mirar a la gente que teclea cosas en ordenadores. Al cabo de un minuto volvió a presentarse frente a mí.

—De acuerdo con la computadora, el producto Vida se sirve sin manual de instrucciones. De hecho, en el panfleto, esta característica aparece como uno de los puntos fuertes del paquete.

—Oh, ya veo —contesté apurado. Por lo visto aquella era de nuevo una de esas ocasiones en las que había comprado algo sin leer detenidamente las prestaciones. Y esta vez ni siquiera iba a poder usar la vida como pisapapeles o para calzar una mesa. Menuda cagada. Escuché a mi padre diciendo "Cómo te ves por tu mala cabeza".

El tipo me miró. Parecía divertido. Dijo:

—No recuerda haber leído sobre esta característica del producto, ¿no es eso?

—Ehem, sí, me temo que así es...

Una sonrisa cómplice surcó su cara.

—No se preocupe —dijo—, la amnesia post-compra también es una de las principales características del paquete Vida.

—Oh, ya veo... Ahora me siento mucho mejor.

La verdad es que me sentía algo menos idiota.

—Aunque sigo bastante confuso —añadí.

—Entiendo, aunque me temo que ahí no puedo ayudarle.

—No pasa nada. Ha sido usted muy amable —dije. —El caso es que siempre he sido muy de culos, pero ahora me gustan mucho las tetas.

—Ahá, es comprensible —dijo el tipo. —¿Y ya no le gustan los culos?

—Oh, sí, los culos me siguen gustando, claro.

—Claro.

Me encogí de hombros y puse una sonrisa en mi cara.

—¿Sabe? —dije—. La vida es curiosa. Todo lo que he aprendido sobre ella se puede resumir en una palabra: sigue.

El tipo asintió levemente con la mano en el mentón.

—En fin, buenas tardes —dije.

—Buenas tardes —contestó.

Y cuando ya me daba media vuelta para dirigirme hacia la puerta, añadió:

—¡Hasta la próxima!

Ñiqui ñiqui, chirriarion las zapatillas de camino a la salida.


via : www.elsentidodelavida.net

viernes, 20 de marzo de 2009

ATRAPADO ENTRE LA FANTASÍA Y LA MEMORIA

Hoy, por la mañana, al levantarme de la cama, me sucedió un hecho que podría considerar surrealista, que me trajo en vilo por todo el día. Entre la imaginación y la memoria me jugaron una mala pasada.


Había estado despierto desde la madrugada y dormitaba a ratos esperando que fuera un poco más tarde para empezar las actividades ordinarias de cada día. Sin esperar a que sonara el despertador a las seis de la mañana, salí de un brinco de entre las sábanas, la cobija la había lanzado lejos durante la noche, pues me calentaba más de lo deseado; y junto conmigo saltaron como por encanto, de entre las sábanas, un par de cartoncitos. Asombrado, los recogí y dejé sobre la mesita de noche. A primera vista parecían dos boletos del transporte metropolitano de la ciudad de México.


Seguí con el rito matutino para ir a la regadera y acabar de despertarme y dejar atrás los humores del sueño. Mientras, pensaba: “boletos del metro, no pueden ser, hace catorce años que viajo sin necesidad de ellos con sólo mostrar la credencial del "INSEN”.


Curioso, me regresé y ayudado por los lentes vi que se trataba del transporte público de París “transports en île-de-France”, que incluye el metro, el autobús y el tren de cercanías. Más creció mi estupor y más intrigado quedé, pues por lo pronto, no recordaba que hubiera estado en París recientemente. Tenía presente el viaje a principios del año ochenta y seis, cuando residía en Madrid y tuve que salir del país para renovar el permiso de estadía y celebrar de paso mi cumpleaños número cincuenta.


Por más que hacía no podía recordar otra cosa y dejé que el agua tibia se resbalara por todo mi cuerpo. Me sentía cansado y veía como se me renovaban las fuerzas y el deseo de empezar un nuevo día. Los dolores en los huesos, los piquetes como choques eléctricos que iban desde el glúteo derecho hasta la pantorrilla y los amagos de calambres me habían despertado repetidas veces durante la noche y me habían dejado molido. .


Me jaboné lentamente, tenía tiempo de sobra, dejé que el agua me acariciara sensualmente, mientras seguía dándole vueltas al asunto de los boletos. Aunque fueran míos me preguntaba cómo llegaron hasta dentro de las sábanas. No podían haber estado en la bolsa de la pijama, la habían lavado la otra semana, y los boletos estaban nuevos como recién sacados de la maquina expendedora.


Me sequé con mimo, me rasuré, me peiné con un poco de gel para que no se revuelva el pelo, es demasiado delgado, ligero y ya bastante ralo. Pasé ligeramente la piedra de alumbre sobre las axilas. A más de alguno le parecerá un poco primitivo, pero es un eficaz desodorante, destruye las bacterias que provocan el mal olor, y a base del cual están hechos los más finos y sofisticados desodoroantes. Mientras me ponía un poco de loción recordé que en casa había varios compañeros que habían vivido en París o habían estado allá recientemente. Ellos me ayudarán a salir de este embrollo.


Salí de mi cuarto después de haber arreglado cuidadosamente la cama. Jamás dejo en desorden mi recámara. Me molesta entrar en un sitio donde hay camas destendidas y ropa sucia regada por todas partes. Me parece de mal gusto y me provoca náuseas.

Fui al comedor para prepararme el desayuno, mientras tomaba una taza de café y leía el periódico llegó Rubén, el más joven de la comunidad, quien vivió hasta hace poco en París. Le comenté el incidente de la levantada. “¿De qué color son los boletos?”, me preguntó con deseo de ayudarme. “Azules, creo. Ahora te los muestro” y salí corriendo a mi cuarto para traerlos. Los vio detenidamente y añadió:”estos no son nuevos, están bien tratados, pero los actuales son blancos desde hace algunos años.”


Por más esfuerzos que hacía no lograba recordar. Para mí, la última vez que estuve en París seguía siendo principios del ochenta y seis. Repasé, con ayuda de Rubén, a otros compañeros que habían viajado a Europa. Héctor fue a Madrid y de ahí a Viena en avión y no pasó por París, Pepe Martín estuvo hace seis meses, pero los boletos ya eran blancos.


Terminé de leer el periódico sin mucho cuidado por estar ocupado con estas divagaciones, sólo me llamó la atención la noticia que estaría de visita el presidente de Francia con su esposa y que tenían la intención de visitar a una joven francesa encarcelada en la ciudad de México por complicidad en un secuestro.


Obsesionado con el asunto de los boletos, los revisé con más cuidado y efectivamente no eran nuevos, tenían el sello de uso en el metro y decía uno, 6 de marzo de 2004 a las 14 58 y el otro la misma fecha una hora después. Me llamó la atención la fecha precisamente el mismo día de hoy, pero cinco años antes. No podía ser. Eran demasiadas coincidencias y un escalofrío de temor me recorrió el cuerpo.




El seis de marzo de 2004 estaba ciertamente en París, recordé, acompañando a un grupo de parroquianos de la tercera edad de la diócesis de Houston, en una devota peregrinación a Lourdes, Roma y Asís, de paso por la ciudad Luz por dos días. No recuerdo haber hecho uso del servicio metropolitano, pues siempre me desplacé con el grupo en el autobús de la gira, pero pudo bien alguien darme los boletos.

El encontrar entre mis pertenencias, boletos de avión, de tren, de espectáculos no sería raro, pues es otra de mis manías, quizá con el afán de prolongar el placer con recuerdo de los lugares visitados, de los espectáculos asistidos. En el cajoncito superior de mi escritorio se acumulan estos recuerdos hasta que ya no caben y los desecho, no sin dolor.


Pero ¿cómo llegaron esos cartoncitos a dormir conmigo esa noche? Repasé los últimos movimientos antes de dormir y recordé que estuve leyendo, ya acostado, Soñar la realidad de Sergio Pitol en un ejemplar que no era mío, sino tomado de la biblioteca a penas hacía dos días. No tengo memoria de haberlos colocado dentro, como en otros casos, y que de ahí hubieran resbalado, sin yo darme cuenta. Apagué la luz y recordé la última escena de lo que había leído, repasé los acontecimientos del día, le di gracias a Dios por todo, cerré los ojos y me quedé dormido.


La memoria, a mi edad, con frecuencia me borra lo inmediatamente anterior, salgo para ir a algún lugar y regreso sin saber a dónde iba o que deseaba. Me olvido del nombre de las cosas, las puedo describir, pero no tengo el concepto adecuado, o bien me viene a la mente en otra lengua. Esto me pudo hacer olvidar mi última estancia en París. Pero la coincidencia de la fecha de este hecho, precisamente después de cinco años exactos, y las circunstancias que lo han acompañado no tiene explicación. No soy afecto a creer en ciertos fenómenos como telepatía, cinesis, premoniciones, etc, pero algo debe haber para que se den.


Via: Javier Martínez Rivera sj

6 de marzo de 2009