de todo un poco, una libreta abierta a que le aumentamos de cuando en cuando algunas paginas nuevas, pasa, esta es tu casa.
jueves, 18 de marzo de 2010
domingo, 14 de marzo de 2010
¿Por qué escuchar Brahms?
2 Porque Brahms no está en las rokolas.
3 Porque Brahms te conduce al suicidio.
4 Porque Brahms te salva del suicidio.
5 Se escucha Brahms cuando finalmente se cruza el umbral de la belleza.
6 Se escucha Brahms cuando el amor te desborda y Chopin te resulta insuficiente.
7 Se escucha Brahms cuando no hay más remedio. Cuando todos los demás orificios de la música están cerrados con el corcho del vino adulterado.
8 Se escucha Brahms cuando la noche te abraza en su maleficio, y tú aún crees que amanecerá.
9 Se escucha Brahms cuando Mozart llama a la puerta y no estás preparado.
10 Se escucha Brahms cuando la escasa hombría que te queda te desborda y eres el hazmerreír.
11 O cuando tu chava semeja a Klara Schumann concentrada en el lirismo hiriente, y tú esperas que te ame —cuando su corazón está puesto en otro (que es siempre).
12 Se escucha Brahms cuando dejas que el alcohol se adueñe de tu voluntad.
13 Cuando no hay palabras para declarar tu amor, se escucha Brahms.
14 Cuando te encuentras más desolado que un pan de muerto en abril, se escucha Brahms.
15 Cuando sobreviene la imagen de tu padre, se escucha Brahms.
16 Cuando sobreviene la imagen de la mujer que nunca será tuya, se escucha Brahms.
17 Cuando sobreviene la imagen de la mujer que te engañó con tu mejor amigo, se escucha Brahms. Y si no lo escuchaste en ese momento ya no lo escuchaste jamás. Y tu mejor amigo se seguirá tirando a tu mujer —nada nuevo, por cierto.
18 Cuando amas demasiado a Paganini, y te imaginas que el violín es el soberano de los instrumentos, que atrás del violín sólo hay rencor y coraje, es el mejor momento de escuchar Brahms. Jefe de jefes, a cuyo lado todo es pálpito de perro dócil y faldero.
19 Y cuando la mujer que te besa en sueños le pertenece a tu peor enemigo, se escucha Brahms. Y si no tienes ni la menor idea de quién es Brahms, cualquiera sirve para salir del entripado ―se sugiere José Alfredo, o ya de perdida Cuco.
20 Porque si para ti escuchar es un modo de inocularte veneno, se escucha Brahms. Para que el efecto sea devastador, rotundo e inmediato —si es que estos tres adjetivos pueden ir juntos, sin demérito de lo nombrado—. Entonces se escucha Brahms.
21 Porque en cada hombre que ve a tu amada, en cada hombre que abreva del mismo oxígeno, en cada estúpido, fokin enemigo que dirige su misma nariz a las axilas de tu chava, ves al hombre que se la va a llevar y que te va a dejar en medio del desierto. Donde siempre debiste estar. Cara al sol. Cara a la nada. Cosa que nunca entenderás: la nada. De ahí vienes y hacia allá vas. Grábatelo. Antes o después de escuchar Brahms. Da igual.
22 Porque la noche es infernal, se escucha Brahms. ¿Qué significa que la noche es infernal? Que tu visa ha llegado al límite. Que más allá de tus narices sólo se distingue podredumbre y nostalgia, mansedumbre y oído absoluto sujeto a la noche de los tiempos.
23 Porque para ti escuchar es un modo de inocularte una adicción, escuchas Brahms.
24 Porque en cada hombre que deposita sus ojos en tu amada ves a un enemigo potencial, escuchas Brahms.
25 Porque la noche te abruma con sus verdades, que se reducen a tres: eres mediocre, eres mediocre y eres mediocre, escuchas Brahms.
26 Porque acontece que no encuentras un sitio en el cual resguardarte, ni una voz fraternal que te acoja, en fin porque estás hecho un desastre, escuchas Brahms.
via milenio.com
sábado, 13 de marzo de 2010
martes, 9 de marzo de 2010
sábado, 6 de marzo de 2010
miércoles, 24 de febrero de 2010
peso.jpg
Hace doce años tenía este peso y vamos por más.
Enviado desde mi oficina móvil BlackBerry® de Telcel
martes, 9 de febrero de 2010
Lisboa en las entrañas ( calentando motores)
Pronóstico del Clímax
Xavier Velasco
Encuentro y extravío
Hay historias que crean compromisos extraños con el destino. ¿O será que en principio despiertan tentaciones que al cabo de unos cuantos sueños exagerados se transforman en compromisos íntimos? Uno asiste a la historia cuando ésta aún es ficción y de la nada se hace la propuesta de convertirla en realidad. “Tengo que estar un día en ese lugar”, nos decimos, pues de repente hallamos que nuestra vida no estará completa si incumplimos con ese compromiso, al que tal vez los otros llamarán arrebato, locura, capricho. Pues de cualquier manera no es posible explicarlo, y para el caso ni necesidad hay. No pretendo aquí hablar de nada que considere explicable, y hasta me refocilo en la certidumbre de que entre más oscuro parezca, más claro será al fin.
La historia era muy simple: un marinero, de nombre Paul, descendía del barco que recién habíase detenido en Lisboa, y caía hechizado por la ciudad. Recién llegado a una suerte de bar con servicio de hostal, advertía a la cantinera, de nombre Rosa, que el reloj sobre la pared tenía descompuesto el segundero, mismo que iba en sentido contrario al de las manecillas convencionales. Pero la cantinera, que cumplía también con las funciones de camarera, replicaba que no era el reloj, sino el mundo el que caminaba al revés. A partir de ese punto, el marinero entraba en un ritmo distinto que le invitaba a dejar todo atrás, el barco incluido, y darse a un extravío lusitano cuyos tintes desvergonzadamente poéticos no permitían al espectador más salida que caer en un estado idéntico de asombro y seducción, donde el mundo objetivo se disolvía a la par de todo imperativo de congruencia mental. La idea era extraviarse, disolverse, ya no tanto en los desvaríos del protagonista, como en la magia propia de la ciudad. Luego de ver tres veces la película —En la ciudad blanca, de Alain Tanner, con Bruno Ganz y Teresa Madruga— entendí que algún día, cualquier día, tendría que hacer lo propio, y que entonces Lisboa me estaría esperando.
Sospecha de omnipresencia
Ayer mismo en la noche compré la película. Fue un consuelo feliz para piernas y pies, que ya no daban más después de tantas horas de probar un extravío de suyo inexplicable, tal como la
hermosura del entorno. No por cierto la clase de belleza que se espera de una ciudad con virtudes turísticas intrínsecas, sino un hechizo extraño que va ganando hondura conforme el tiempo pasa y uno va descubriendo que aquí las horas tienen otra consistencia. Otro tiempo, otra luz, otros colores. Si uno entra por el puente Vasco da Gama, distinguirá a lo lejos nada más que un intenso resplandor nacarado, que luego palmo a palmo va ganando texturas y tonalidades. Lisboa es, en efecto, una ciudad blanca, aún con sus incontables tejados rojizos y hasta esos muros pardos y cochambrosos que la dotan de algún encanto oscuro y de pronto entrañable: un lugar que se va metiendo entre las vísceras sin que termine uno de enterarse. Si los relojes no marchan al revés, es seguro que lo hacen a su aire. La clase de ciudad donde daría vergüenza la premura.Hace ya cinco días que camino incansablemente por esta ciudad blanca, sin rumbo casi siempre, al garete entre meandros, callejones, escalinatas y pasadizos, intuyendo no obstante que de cualquier manera arribaré a un destino preferible. ¿Qué tendría de extraño que luego de elegir casi por norma las travesías torcidas y enrevesadas termine uno por desconfiar de los caminos rectos? Cada día que parto cuesta abajo por la Avenida da Liberdade —toda ella imponente, derecha y majestuosa— las calles aledañas insisten en hacerme guiños irresistibles. Y después, cuando al fin suba o baje por alguna de esas banquetas sembradas de adoquines blanquecinos, nuevas invitaciones irán surgiendo a diestra y siniestra, cual si el propósito de toda la ciudad fuese hacer del camino ya un destino. Conforme los días pasan y el hechizo se hace de autoridad, los rincones se van haciendo familiares, no así el mapa de una ciudad esquiva que se resiste a ser cartografiada. Se llega a cada sitio por una suerte de azar objetivo que rara vez defrauda al caminante; se está así en todas partes y en ninguna.
En el revés del mundo
Apenas se concibe que en calles tan estrechas quepa siempre un tranvía, y hasta dos. A veces, cuando ya las piernas no dan más, viajar abordo de uno es como hacer verdad las fantasías de un niño en un parque temático, entre parques y plazas que brotan todo el tiempo de entre los
recovecos imperantes. Son tranvías angostos y pequeños, donde no cabe más que una treintena de pasajeros, si bien muy rara vez se ve alguno con prisa. Si en casi todo el resto de Europa se vive con un ojo en el reloj, el tiempo de Lisboa suele ser generoso como pocos. A menos que uno salga del centro hasta el sitio de la Expo 98 —la Lisboa ultramoderna del distante Parque das Nações: una majadería deslumbrante para quien ya se mira repleto de saudade—, hace falta una dosis extrema de imaginación para asumir que estamos en el siglo XXI.Camino entre las callejuelas del Bairro Alto, entre cafés pringosos, bardas pintarrajeadas, barecillos bohemios y ropa tendida, con la intención difusa de llegar al café de la zona del Chiado entre cuyas mesas está la figura de bronce Fernando Pessoa, sentado al lado de una silla vacía. No sabría explicar muy bien por qué aún traigo impresa esta sonrisa de bembo feliz, ni me preocupa que al final desemboque en cualquier otra parte, pues de cualquier manera mi sentido de orientación me pide que lo ignore a como dé lugar. Diría incluso que el solo hecho de llegar adonde quiero ir será a su modo una pequeña decepción, y ello entre otras cosas me conduce a concluir que sí, es muy posible que el resto del mundo vaya al revés, y adelante sea atrás y atrás adelante, que la izquierda sea zurda y el mañana el ayer, y al cabo el desvarío resulte entonces la última certeza. Pues mi única certeza en estos momentos es que al fin he cumplido con la cita y todo, por supuesto, era verdad.
Fuente milenio
sábado, 6 de febrero de 2010
Buika

Concha Buika es una de las más particulares intérpretes españolas del momento. Esta mallorquina con ancestros en Guinea Ecuatorial ha constituido una verdadera revelación para los que consideraban que el flamenco no tenía ya demasiado que aportar a la canción española y al jazz. Sus evidentes raíces africanas y su cosmopolitismo, cultivado en Nueva York y Las Vegas durante años en clubes, suman para dar a Buika todo el savoir faire de las grandes.
Su debut discográfico se produce en 2005 con el disco homónimo Buika, al que le sucedió Mi niña Lola un año después (Premio de la Música al Mejor Álbum de Música Española, Premio de la Música a la Mejor Producción del Año). Su tercer proyecto discográfico, Niña de fuego, que cuenta con la producción, los arreglos y la dirección de Javier Limón, la situó en el firmamento de la música contemporánea de fusión y alcanzó las nominaciones Álbum del Año y Producción del Año en la pasada edición de los Grammys Latinos.
El nuevo trabajo de Buika es El último trago, un homenaje a Chavela Vargas que cuenta con la colaboración de Chucho Valdés.
Concha Buika será la encargada de abrir el Ciclo Jazz Zaragoza que cumple su decimoquinta edición y lo celebra con un elenco de estrellas de la escena jazzistica internacional.
Marcus Miler, Madeleine Peyroux, Kenny Garrett o Béla Fleck son algunos de los nombres que van a dar cita en la capital aragonesa durante el mes de noviembre. Además, como es habitual, los músicos aragoneses también van a tener su cuota de protagonismo con la presencia de grupos emergentes como Endavant o The Lydian Project.
