de todo un poco, una libreta abierta a que le aumentamos de cuando en cuando algunas paginas nuevas, pasa, esta es tu casa.
miércoles, 6 de abril de 2011
No mas sangre!!!
Plantón simultáneo en mas de treinta ciudades en protesta por los miles de muertos que ha dejado la guerra contra el narco y la delincuencia en México
Esta tarde en guadalajara nos reunimos mas de quinientas personas al pie del monumento a los niños héroes
Fernando Romero Enviado desde mi oficina móvil BlackBerry® de Telcel
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martes, 5 de abril de 2011
Abraham Ángel Card Valdés
Abraham Angel
Fecha de Nacimiento(Defunción): 1905-1924
Nombre: Abraham Angel
Fecha de Nac: 1905-1924
Sinópsis Biográfica:
Abraham Angel Card Valdés, nació el 7 de mayo de 1905 en el Oro, Edo. de México. Sus padres fueron Lewis Edwuard Cartburke Beedgar de nacionalidad escocesa de de Francisca Valdés.
De esta unión nacieron cinco hijos: Adolfo Eleuterio, Francisco, Luis Eduardo y el menor de todos, Abraham Angel.

En 1907, la familia se traslada a la ciudad de Puebla, donde el padre detentaba una poción en la mina La Escondida de ese estado.
La niñez de Abraham Angel transcurre en el ámbito angelopolitano, siempre bajo la vigilancia de su madre y de su hermano mayor.
A principios de 1916, Adolfo obtiene una promoción en su trabajo en la Compañía de Luz y es trasladado a la ciudad de México y esto motivó que toda la familia también lo hiciera.
Es por estos años que no esta muy clara la vida de Abraham Angel, tanto la hogareña como la escolar. Se presume que la familia de desmembró y tres de los hermanos tomaron cada quien su rumbo. Solo en la casa quedaron la madre, el hermano mayor y el más pequeño.
En 1921, Adolfo se lo lleva a trabajar en la Compañía de Luz, básicamente para frenar su abierta vocación por la pintura. No hay duda de que Abraham Angel asistía a las clases de dibujo que impartía Adolfo Best Maugard.
Abraham Angel abandona su casa a principios de 1922. Abraham se une a la nueva corriente de la plástica mexicana y se hace amigo de la gente que lo protege y lo estimula.
Se elaboran mitos, que el propio Abraham avala. Rodríguez Lozano lo presenta como argentino y lo viste de porteño, lo nombra como "el mejor pintor de América".
Esta confabulación, obliga al artista a cumplir con las oportunidades y consigo mismo.
Llega a tal su transformación que deja el apellido paterno y modifica hasta su firma. El lazo afectivo con Rodríguez Lozano es muy estrecho y más cuando éste contrae neumonía.
Una señal de afecto, es sin lugar a dudas el retrato que le pinta a Rodríguez Lozano, todavía convaleciente, donde a simple vista se advierte la influencia bestmaugariana.
En 1923 es el ascenso definitivo de Abraham Angel. Un conjunto de poderío creador y también de una plenitud en cuanto a sentimientos. En este mismo año viaja a Cuernavaca con Rodríguez Lozano, en una temporada muy fructífera de la cual da testimonio la revista La Falange, correspondiente a los mes de julio y agosto. En la edición de agosto, la calidad de estos artistas es comentada por Diego Rivera en "De pintura y otras cosas que no lo son": "Hoy todos los artistas están trabajando y surgen nuevos cultos, capillas y devociones y han nacido nuevas personalidades de pintores jóvenes como Rodríguez Lozano y Abraham Angel". El Ejemplar de agosto es ilustrado con un Retrato, bautizado posteriormente "La Chica de la Ventana", en la carátula; La India, un paisaje, llamado después "La mulita".
Abraham Angel muere el 27 de octubre de 1924 cuando aún no cumplía los 20 años de edad. Fue sepultado en el Panteón de Dolores hasta el día 30. Una tumba que ya no existe.
A través de su obra, de las distintas voces de intelectuales, artistas y críticos de arte, sobre el pintor, demuestran sin ninguna duda el valor, el sitio que Abraham Angel ha conquistado en la plástica mexicana.
Es enormemente reducido el mundo de Abraham Angel: retratos de familiares y amigos, paisajes con los que convivió, y algunos tipos populares.
Todo no desdeña una evolución de su pintura, que en un periodo de tres años pasa de lo puro naif imaginativo, un tanto de ensoñación, a frecuentar su ambiente cotidiano.
Lo mismo podría decirse de la línea de su dibujo, que desde los primeros rasgos infantiles se inscribirá en lo sutil, en la figura. Ver, contemplar, gozar la plástica de Abraham Angel es sentir, es reconocer y reconocerse en una tradición que no cercena a un México íntegro, sensual, de colores, de sol.
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Fuente: Gobirno del Estado de México (1995)
Universidad Nacional Autónoma de México (1995)
Pecado de omisión
Pecado de omisión
[Cuento. Texto completo]
[Cuento. Texto completo]
Ana María Matute
A los trece años se le murió la madre, que era lo último que le quedaba. Al quedar huérfano ya hacía lo menos tres años que no acudía a la escuela, pues tenía que buscarse el jornal de un lado para otro. Su único pariente era un primo de su madre, llamado Emeterio Ruiz Heredia. Emeterio era el alcalde y tenía una casa de dos pisos asomada a la plaza del pueblo, redonda y rojiza bajo el sol de agosto. Emeterio tenía doscientas cabezas de ganado paciendo por las laderas de Sagrado, y una hija moza, bordeando los veinte, morena, robusta, riente y algo necia. Su mujer, flaca y dura como un chopo, no era de buena lengua y sabía mandar. Emeterio Ruiz no se llevaba bien con aquel primo lejano, y a su viuda, por cumplir, la ayudó buscándole jornales extraordinarios. Luego, al chico, aunque le recogió una vez huérfano, sin herencia ni oficio, no le miró a derechas, y como él los de su casa.
La primera noche que Lope durmió en casa de Emeterio, lo hizo debajo del granero. Se le dio cena y un vaso de vino. Al otro día, mientras Emeterio se metía la camisa dentro del pantalón, apenas apuntando el sol en el canto de los gallos, le llamó por el hueco de la escalera, espantando a las gallinas que dormían entre los huecos:
-¡Lope!
Lope bajó descalzo, con los ojos pegados de legañas. Estaba poco crecido para sus trece años y tenía la cabeza grande, rapada.
-Te vas de pastor a Sagrado.
La primera noche que Lope durmió en casa de Emeterio, lo hizo debajo del granero. Se le dio cena y un vaso de vino. Al otro día, mientras Emeterio se metía la camisa dentro del pantalón, apenas apuntando el sol en el canto de los gallos, le llamó por el hueco de la escalera, espantando a las gallinas que dormían entre los huecos:
-¡Lope!
Lope bajó descalzo, con los ojos pegados de legañas. Estaba poco crecido para sus trece años y tenía la cabeza grande, rapada.
-Te vas de pastor a Sagrado.
Lope buscó las botas y se las calzó. En la cocina, Francisca, la hija, había calentado patatas con pimentón. Lope las engulló deprisa, con la cuchara de aluminio goteando a cada bocado.
-Tú ya conoces el oficio. Creo que anduviste una primavera por las lomas de Santa Áurea, con las cabras de Aurelio Bernal.
-Sí, señor.
-No irás solo. Por allí anda Roque el Mediano. Iréis juntos.
-Sí, señor.
Francisca le metió una hogaza en el zurrón, un cuartillo de aluminio, sebo de cabra y cecina.
-Andando -dijo Emeterio Ruiz Heredia.
Lope le miró. Lope tenía los ojos negros y redondos, brillantes.
-¿Qué miras? ¡Arreando!
Lope salió, zurrón al hombro. Antes, recogió el cayado, grueso y brillante por el uso, que guardaba, como un perro, apoyado en la pared.
Cuando iba ya trepando por la loma de Sagrado, lo vio don Lorenzo, el maestro. A la tarde, en la taberna, don Lorenzo fumó un cigarrillo junto a Emeterio, que fue a echarse una copa de anís.
-He visto a Lope -dijo-. Subía para Sagrado. Lástima de chico.
-Sí -dijo Emeterio, limpiándose los labios con el dorso de la mano-. Va de pastor. Ya sabe: hay que ganarse el currusco. La vida está mala. El «esgraciado» del Pericote no le dejó ni una tapia en que apoyarse y reventar.
-Lo malo -dijo don Lorenzo, rascándose la oreja con su uña larga y amarillenta- es que el chico vale. Si tuviera medios podría sacarse partido de él. Es listo. Muy listo. En la escuela...
Emeterio le cortó, con la mano frente a los ojos:
-¡Bueno, bueno! Yo no digo que no. Pero hay que ganarse el currusco. La vida está peor cada día que pasa.
-Tú ya conoces el oficio. Creo que anduviste una primavera por las lomas de Santa Áurea, con las cabras de Aurelio Bernal.
-Sí, señor.
-No irás solo. Por allí anda Roque el Mediano. Iréis juntos.
-Sí, señor.
Francisca le metió una hogaza en el zurrón, un cuartillo de aluminio, sebo de cabra y cecina.
-Andando -dijo Emeterio Ruiz Heredia.
Lope le miró. Lope tenía los ojos negros y redondos, brillantes.
-¿Qué miras? ¡Arreando!
Lope salió, zurrón al hombro. Antes, recogió el cayado, grueso y brillante por el uso, que guardaba, como un perro, apoyado en la pared.
Cuando iba ya trepando por la loma de Sagrado, lo vio don Lorenzo, el maestro. A la tarde, en la taberna, don Lorenzo fumó un cigarrillo junto a Emeterio, que fue a echarse una copa de anís.
-He visto a Lope -dijo-. Subía para Sagrado. Lástima de chico.
-Sí -dijo Emeterio, limpiándose los labios con el dorso de la mano-. Va de pastor. Ya sabe: hay que ganarse el currusco. La vida está mala. El «esgraciado» del Pericote no le dejó ni una tapia en que apoyarse y reventar.
-Lo malo -dijo don Lorenzo, rascándose la oreja con su uña larga y amarillenta- es que el chico vale. Si tuviera medios podría sacarse partido de él. Es listo. Muy listo. En la escuela...
Emeterio le cortó, con la mano frente a los ojos:
-¡Bueno, bueno! Yo no digo que no. Pero hay que ganarse el currusco. La vida está peor cada día que pasa.
Pidió otra de anís. El maestro dijo que sí, con la cabeza. Lope llegó a Sagrado, y voceando encontró a Roque el Mediano. Roque era algo retrasado y hacía unos quince años que pastoreaba para Emeterio. Tendría cerca de cincuenta años y no hablaba casi nunca. Durmieron en el mismo chozo de barro, bajo los robles, aprovechando el abrazo de las raíces. En el chozo sólo cabían echados y tenía que entrar a gatas, medio arrastrándose. Pero se estaba fresco en el verano y bastante abrigado en el invierno.
El verano pasó. Luego el otoño y el invierno. Los pastores no bajaban al pueblo, excepto el día de la fiesta. Cada quince días un zagal les subía la «collera»: pan, cecina, sebo, ajos. A veces, una bota de vino. Las cumbres de Sagrado eran hermosas, de un azul profundo, terrible, ciego. El sol, alto y redondo, como una pupila impertérrita, reinaba allí. En la neblina del amanecer, cuando aún no se oía el zumbar de las moscas ni crujido alguno, Lope solía despertar, con la techumbre de barro encima de los ojos. Se quedaba quieto un rato, sintiendo en el costado el cuerpo de Roque el Mediano, como un bulto alentante. Luego, arrastrándose, salía para el cerradero. En el cielo, cruzados, como estrellas fugitivas, los gritos se perdían, inútiles y grandes. Sabía Dios hacia qué parte caerían. Como las piedras. Como los años. Un año, dos, cinco.
Cinco años más tarde, una vez, Emeterio le mandó llamar, por el zagal. Hizo reconocer a Lope por el médico, y vio que estaba sano y fuerte, crecido como un árbol.
-¡Vaya roble! -dijo el médico, que era nuevo. Lope enrojeció y no supo qué contestar.
Francisca se había casado y tenía tres hijos pequeños, que jugaban en el portal de la plaza. Un perro se le acercó, con la lengua colgando. Tal vez le recordaba. Entonces vio a Manuel Enríquez, el compañero de la escuela que siempre le iba a la zaga. Manuel vestía un traje gris y llevaba corbata. Pasó a su lado y les saludó con la mano.
Francisca comentó:
-Buena carrera, ése. Su padre lo mandó estudiar y ya va para abogado.
Al llegar a la fuente volvió a encontrarlo. De pronto, quiso llamarle. Pero se le quedó el grito detenido, como una bola, en la garganta.
-¡Eh! -dijo solamente. O algo parecido.
Manuel se volvió a mirarle, y le conoció. Parecía mentira: le conoció. Sonreía.
-¡Lope! ¡Hombre, Lope...!
¿Quién podía entender lo que decía? ¡Qué acento tan extraño tienen los hombres, qué raras palabras salen por los oscuros agujeros de sus bocas! Una sangre espesa iba llenándole las venas, mientras oía a Manuel Enríquez.
Manuel abrió una cajita plana, de color de plata, con los cigarrillos más blancos, más perfectos que vio en su vida. Manuel se la tendió, sonriendo.
Lope avanzó su mano. Entonces se dio cuenta de que era áspera, gruesa. Como un trozo de cecina. Los dedos no tenían flexibilidad, no hacían el juego. Qué rara mano la de aquel otro: una mano fina, con dedos como gusanos grandes, ágiles, blancos, flexibles. Qué mano aquélla, de color de cera, con las uñas brillantes, pulidas. Qué mano extraña: ni las mujeres la tenían igual. La mano de Lope rebuscó, torpe. Al fin, cogió el cigarrillo, blanco y frágil, extraño, en sus dedos amazacotados: inútil, absurdo, en sus dedos. La sangre de Lope se le detuvo entre las cejas. Tenían una bola de sangre agolpada, quieta, fermentando entre las cejas. Aplastó el cigarrillo con los dedos y se dio media vuelta. No podía detenerse, ni ante la sorpresa de Manuelito, que seguía llamándole:
-¡Lope! ¡Lope!
Emeterio estaba sentado en el porche, en mangas de camisa, mirando a sus nietos. Sonreía viendo a su nieto mayor, y descansando de la labor, con la bota de vino al alcance de la mano. Lope fue directo a Emeterio y vio sus ojos interrogantes y grises.
-Anda, muchacho, vuelve a Sagrado, que ya es hora...
En la plaza había una piedra cuadrada, rojiza. Una de esas piedras grandes como melones que los muchachos transportan desde alguna pared derruida. Lentamente, Lope la cogió entre sus manos. Emeterio le miraba, reposado, con una leve curiosidad. Tenía la mano derecha metida entre la faja y el estómago. Ni siquiera le dio tiempo de sacarla: el golpe sordo, el salpicar de su propia sangre en el pecho, la muerte y la sorpresa, como dos hermanas, subieron hasta él así, sin más.
Cuando se lo llevaron esposado, Lope lloraba. Y cuando las mujeres, aullando como lobas, le querían pegar e iban tras él con los mantos alzados sobre las cabezas, en señal de indignación, «Dios mío, él, que le había recogido. Dios mío, él, que le hizo hombre. Dios mío, se habría muerto de hambre si él no lo recoge...», Lope sólo lloraba y decía:
-Sí, sí, sí...
El verano pasó. Luego el otoño y el invierno. Los pastores no bajaban al pueblo, excepto el día de la fiesta. Cada quince días un zagal les subía la «collera»: pan, cecina, sebo, ajos. A veces, una bota de vino. Las cumbres de Sagrado eran hermosas, de un azul profundo, terrible, ciego. El sol, alto y redondo, como una pupila impertérrita, reinaba allí. En la neblina del amanecer, cuando aún no se oía el zumbar de las moscas ni crujido alguno, Lope solía despertar, con la techumbre de barro encima de los ojos. Se quedaba quieto un rato, sintiendo en el costado el cuerpo de Roque el Mediano, como un bulto alentante. Luego, arrastrándose, salía para el cerradero. En el cielo, cruzados, como estrellas fugitivas, los gritos se perdían, inútiles y grandes. Sabía Dios hacia qué parte caerían. Como las piedras. Como los años. Un año, dos, cinco.
Cinco años más tarde, una vez, Emeterio le mandó llamar, por el zagal. Hizo reconocer a Lope por el médico, y vio que estaba sano y fuerte, crecido como un árbol.
-¡Vaya roble! -dijo el médico, que era nuevo. Lope enrojeció y no supo qué contestar.
Francisca se había casado y tenía tres hijos pequeños, que jugaban en el portal de la plaza. Un perro se le acercó, con la lengua colgando. Tal vez le recordaba. Entonces vio a Manuel Enríquez, el compañero de la escuela que siempre le iba a la zaga. Manuel vestía un traje gris y llevaba corbata. Pasó a su lado y les saludó con la mano.
Francisca comentó:
-Buena carrera, ése. Su padre lo mandó estudiar y ya va para abogado.
Al llegar a la fuente volvió a encontrarlo. De pronto, quiso llamarle. Pero se le quedó el grito detenido, como una bola, en la garganta.
-¡Eh! -dijo solamente. O algo parecido.
Manuel se volvió a mirarle, y le conoció. Parecía mentira: le conoció. Sonreía.
-¡Lope! ¡Hombre, Lope...!
¿Quién podía entender lo que decía? ¡Qué acento tan extraño tienen los hombres, qué raras palabras salen por los oscuros agujeros de sus bocas! Una sangre espesa iba llenándole las venas, mientras oía a Manuel Enríquez.
Manuel abrió una cajita plana, de color de plata, con los cigarrillos más blancos, más perfectos que vio en su vida. Manuel se la tendió, sonriendo.
Lope avanzó su mano. Entonces se dio cuenta de que era áspera, gruesa. Como un trozo de cecina. Los dedos no tenían flexibilidad, no hacían el juego. Qué rara mano la de aquel otro: una mano fina, con dedos como gusanos grandes, ágiles, blancos, flexibles. Qué mano aquélla, de color de cera, con las uñas brillantes, pulidas. Qué mano extraña: ni las mujeres la tenían igual. La mano de Lope rebuscó, torpe. Al fin, cogió el cigarrillo, blanco y frágil, extraño, en sus dedos amazacotados: inútil, absurdo, en sus dedos. La sangre de Lope se le detuvo entre las cejas. Tenían una bola de sangre agolpada, quieta, fermentando entre las cejas. Aplastó el cigarrillo con los dedos y se dio media vuelta. No podía detenerse, ni ante la sorpresa de Manuelito, que seguía llamándole:
-¡Lope! ¡Lope!
Emeterio estaba sentado en el porche, en mangas de camisa, mirando a sus nietos. Sonreía viendo a su nieto mayor, y descansando de la labor, con la bota de vino al alcance de la mano. Lope fue directo a Emeterio y vio sus ojos interrogantes y grises.
-Anda, muchacho, vuelve a Sagrado, que ya es hora...
En la plaza había una piedra cuadrada, rojiza. Una de esas piedras grandes como melones que los muchachos transportan desde alguna pared derruida. Lentamente, Lope la cogió entre sus manos. Emeterio le miraba, reposado, con una leve curiosidad. Tenía la mano derecha metida entre la faja y el estómago. Ni siquiera le dio tiempo de sacarla: el golpe sordo, el salpicar de su propia sangre en el pecho, la muerte y la sorpresa, como dos hermanas, subieron hasta él así, sin más.
Cuando se lo llevaron esposado, Lope lloraba. Y cuando las mujeres, aullando como lobas, le querían pegar e iban tras él con los mantos alzados sobre las cabezas, en señal de indignación, «Dios mío, él, que le había recogido. Dios mío, él, que le hizo hombre. Dios mío, se habría muerto de hambre si él no lo recoge...», Lope sólo lloraba y decía:
-Sí, sí, sí...
FIN
domingo, 27 de marzo de 2011
visitas imprescindibles en la ajetreada y fascinante Estambul
Quedan nueve meses de este año, es momento de decidir las vacaciones anuales, Estambul es una de las ciudades que me han gustado mucho conocer atra vez de la literatura, hoy encontré este articulo que creo me serà útil
Al otro lado de la línea del tranvía se ubica la Cisterna Basílica, o palacio sumergido (Yerebatan Sarayi) como lo llaman los turcos. Es un impresionante depósito, con 80.000 metros cúbicos de capacidad, construido por Constantino y restaurado por Justiniano en 542 con el trabajo de 7.000 esclavos. La cisterna, con 336 columnas repartidas en 12 filas de 28, surtía de agua al Gran Palacio, y durante la I Guerra Mundial se podía visitar en barca; de hecho, James Bond lo hizo en la película Desde Rusia con amor.
fuente El Pais
Misterios del Bósforo
Ocho visitas imprescindibles en la ajetreada y fascinante EstambulEZEQUIEL MOLTÓ - 26/03/2011
Estambul, "tan incontrolablemente variada, tan anárquica, tan extrañamente diferente de las ciudades occidentales". Orhan Pamuk, el escritor y premio Nobel de Literatura, ha retratado su ciudad en seis novelas y en un libro de memorias titulado Estambul, ciudad y recuerdos. Un volumen que puede ser un espléndido acompañamiento durante un recorrido por esa urbe en la que se combina la melancolía local, el hüzün, con una vibración urbana arrebatadora, como la de los días festivos en el puente de Gálata, cuando un hervidero de hombres pacientes lanzan el anzuelo de sus cañas para pescar. Es una tradición que pasa de padres a hijos. Bajo el puente, los camareros de los restaurantes y bares compiten para captar clientes. Una vez cruzado el viaducto, nos dirigimos hacia la torre de Gálata, a lo alto de una colina que domina Estambul. Es un buen lugar para comenzar la visita. O para contemplar el atardecer sobre las cúpulas de la mezquita.
01 Santa Sofía
La basílica de Aya Sofya Müzesi ya no tiene andamios. Después de que, durante años, las labores de rehabilitación y limpieza ocultasen gran parte de las paredes del templo, podemos volver a contemplar el mejor símbolo del imperio bizantino. Durante 10 siglos fue el monumento más importante del cristianismo (las obras de San Pedro de Roma no comenzaron hasta el siglo XV). El edificio se inauguró en el año 537; en su construcción trabajaron más de 10.000 obreros durante 5 años, 10 meses y 10 días a las órdenes de un centenar de arquitectos. Su logro más importante fue la cúpula de 32 metros de diámetro a 56 metros del suelo, que descansa sobre cuatro pilares. Para su construcción, a las órdenes de Justiniano, se saquearon muchos monumentos paganos de Europa y Asia, como el gimnasio de Éfeso o algunos templos de Atenas y Delfos. En su inauguración, el emperador dijo aquella frase célebre: "Oh, Salomón, te he superado". El 29 de mayo de 1453, tras la toma de Constantinopla, el sultán Mehmet II hizo pronunciar el sermón que convirtió la basílica en mezquita; los mosaicos bizantinos fueron cubiertos de yeso; se colgaron unos grandes medallones (7,5 metros de diámetro) con los nombres de Alá, Mahoma y los cuatro primeros califas; se pintaron versos del Corán y se instaló el ábside del sultán. Hasta 1935 se usó como mezquita; después Atatürk transformó el edificio en museo.02 Solimán
La mezquita de Solimán impresiona por sus tonalidades azules, salmón y naranja. Construida entre 1550 y 1557, es la segunda más grande de la ciudad. Muy cerca se encuentran también las mezquitas de Kilisie y Kalender. En Estambul hay más de 300 mezquitas abiertas a la visita de los turistas, que deberán descalzarse y, si coinciden con la oración, quedar en un espacio reservado para ellos.03 El Bósforo
Las orillas del Cuerno de Oro están jalonadas de numerosos palacios que construyeron los otomanos y las ricas familias que residían aquí durante el verano. El estrecho del Bósforo se extiende desde el mar de Mármara hasta el mar Negro, unos 30 kilómetros. El paseo en barco descubrirá las fortalezas de Rumeli Kavagi y Anadolu Kavagi, centinelas del estrecho. Una vez en tierra, vale la pena escaparse para visitar el Café de Pierre Loti. Debe su nombre a un oficial de la Marina, un escritor y viajero que nació en 1850 y falleció en 1923. El lugar destaca por sus vistas al Bósforo y por el cementerio musulmán que lo rodea.04 San Salvador en Chora
La iglesia de San Salvador en Chora (Kariye Müzesi), construida sobre una colina, fue transformada en mezquita por el gran visir Beyazit II. Es el edificio más antiguo, nadie puede confirmar la fecha de los primeros restos. En el siglo XVIII, el humanista Teodoro Metoquites encargó unos murales con fondo de oro que son una de las joyas del arte bizantino.05 Bazares
Desde el siglo XV se vende y se compra de todo en el Gran Bazar (Kapali Çarsi): joyas, ropa, regalos... Las tiendas están agrupadas por gremios; todas las corseterías o los puestos de alfombras están juntos. En total, unos 4.000 se esparcen por una superficie de 200.000 metros cuadrados en el mercado cubierto más grande del mundo. El Bazar Egipcio o de las Especias data de 1660 y se sitúa entre dos mezquitas, la de Rüstem Pasa y la Mezquita Nueva (Yeni Cami), con sus muchas cúpulas.06 La Mezquita Azul
La Mezquita Azul o Soltanahmet Camii fue un encargo del sultán Ahmet I; su construcción duró cerca de dos siglos y fue terminada 10 años antes que la de San Pedro en Roma. Tiene seis minaretes y su interior está decorado por más de 21.000 azulejos de loza de Iznik (Nicea) de color azul. En las inmediaciones se puede visitar el Museo de los Mosaicos (Torun Sok) y el Museo de las Artes Turcas e Islámicas (palacio de Ibrahim Pasa), ubicado junto al hipódromo, del que solo se conservan dos obeliscos y la columna Serpentina de Delfos.07 Mil y una columnas
Imran Óktem Cad, la cisterna de las mil y una columnas, fue al parecer construida por Filoxeno, senador romano que acompañó a Constantino en el siglo IV. Se trata de la segunda cisterna más grande de la ciudad y la primera en volumen. Servía para alimentar los baños de Zeuxipo y cuenta con 221 columnas con una altura de 15 metros.Al otro lado de la línea del tranvía se ubica la Cisterna Basílica, o palacio sumergido (Yerebatan Sarayi) como lo llaman los turcos. Es un impresionante depósito, con 80.000 metros cúbicos de capacidad, construido por Constantino y restaurado por Justiniano en 542 con el trabajo de 7.000 esclavos. La cisterna, con 336 columnas repartidas en 12 filas de 28, surtía de agua al Gran Palacio, y durante la I Guerra Mundial se podía visitar en barca; de hecho, James Bond lo hizo en la película Desde Rusia con amor.
08 Palacio de Topkapi
El palacio de Topkapi recibe cada año la visita de un millón de turistas y fue durante cuatro siglos, hasta 1855, la residencia principal de los sultanes. Se accede al palacio por la puerta imperial que conduce al patio de los Jenízaros. El harén de este palacio, con 300 habitaciones, llegó a albergar a mil mujeres, entre las que destacaban la madre del sultán y las favoritas (entre cuatro y ocho). El palacio tiene varios jardines y dependencias aisladas como si se tratara de un campamento de mármol.fuente El Pais
sábado, 26 de marzo de 2011
viernes, 25 de marzo de 2011
miércoles, 23 de marzo de 2011
Recital de voz y piano
La promoción cultural contrario a lo que se rumorea en esta ciudad es abundante sin embargo poca gente asiste esta noche la soprano y Sara Montes y el pianista Andrés Sarre ofrecieron un recital de áreas de opera y algunas piezas de otros géneros como La Milonga
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