viernes, 7 de febrero de 2014

Yasunari Kawabata

Biografia de Yasunari Kawabata

Yasunari Kawabata
(Osaka, 1899 - Zushi, 1972) Escritor japonés que obtuvo el premio Nobel de Literatura en 1968 por su "pericia narrativa, capaz de expresar la idiosincracia japonesa con enorme sensibilidad". Fue sobre todo un refinado transmisor de atmósferas y emociones, que plasmó con un lenguaje de singular belleza lírica. Sus temas intimistas, a menudo amorosos, son exploraciones de la soledad y de las delicadas relaciones del individuo con los otros y con la naturaleza.
Yasunari Kawabata
Tuvo una infancia trágica, signada por la sucesiva muerte de sus familiares más próximos. Completamente solo en el mundo a partir de los quince años, "niño sin familia ni hogar", como se autodefinía, completó su educación en un internado y luego en la universidad imperial de Tokio, donde se licenció. Su temprana pasión literaria lo llevó a participar en grupos de vanguardia como el de los neosensacionistas, que oponían el lirismo y el impresionismo al realismo social de los escritores proletarios, y fue un activo impulsor de movimientos y revistas.
En 1925 publicó Diario íntimo de mi decimosexto cumpleaños, género muy frecuentado por los autores japoneses, pero su estilo cobró verdadera personalidad y madurez en los relatos de La bailarina de Izu (1926). Kawabata, cuya sensibilidad le permitía meterse como nadie en la piel de sus personajes femeninos; cultivó un tipo de novela breve, casi en miniatura, desgarrada y episódica. Su obra cumbre es quizá País de nieve (1937), que narra la relación entre una geisha que ha perdido la juventud y un insensible hombre de negocios tokiota.
Entre los títulos destacados de su producción figuran asimismoMil grullas (1951), El sonido de la montaña (1954), donde intenta recuperar parte de los valores desplazados ante la irrupción de la cultura norteamericana, El lago (1955), La casa de las bellas durmientes (1961), Kyoto (1962), y Lo bello y lo triste (1965); hacia el final de su carrera se centró casi exclusivamente en la ensayística y la crítica literaria.

Fue presidente del PEN Club japonés durante cuatro años y en 1959 le otorgaron en Frankfurt la medalla de Goethe. El 16 de abril de 1972, enfermo y deprimido, dolido sin duda por la muerte de su amigo Y. Mishima, que lo había definido como un "viajero perpetuo", Kawabata se suicidó en un pequeño apartamento a orillas del mar. Ese mismo año se publicaría póstumamente la biografía ficticia El maestro de Go.

" LUCHA POR TUS SUEÑOS "





Florece y prospera...

El Mejor Video de Motivacion para Emprendedores (Como ser Emprendedor)

el arranque de año en México ha sido diferente, salí de mi zona de comfort a la zona de aprendizaje, vamos jalando para adelante re inventando todo, se dice que cuando algo funciona no le muevas nada, pero cuando algo no funciona, se trata de hacer todo lo que se te ocurra, se que en otros países llevan mas años de dificultades y que nosotros estamos entrando, nuestro gobierno ha realizado cambios estructurales, lo que nos lleva a todos a hacer lo propio, cambios en nuestra forma de trabajar de hacer lo que día a día veníamos haciendo



hace años le metia mucho a este blog y creo que es tiempo de retomarlo con intensidad, como lo que siempre ha sido una bitácora de viaje, para volver en algún momento a entender cual fue la ruta



les comparto este video, español, muy interesante; es largo pero vale la inversión en tiempo.







¿Te atreves a soñar? adios a la zona de comfort!!

martes, 28 de enero de 2014

Un error perceptual

Un error perceptual

encontré este texto en un sitio llamado mensajesdeanimo.com como se vera estoy buscando lecturas positivas ante la inminente campaña de miedo y terror que "alguien" ha desatado en esta sociedad, por donde quiera que volteo escucho historias tristes caras desmotivadas, los que hace años no veia y quizá siempre ha estado ahí es la cantidad tan grande de personas pidiendo caridad en las calles, en lo semáforos,; cierto que no podemos negar una gran caridad de pobreza, pero no siempre el hecho de que la gente pida dinero es por que no tenga con que comer, eso será motivo de otra entradapor lo pronto comparto esta lectura que me parece muy atinada 

Hoy pensaba en que muchas veces, somos nosotros mismos los que ponemos obstáculos para que las cosas nos salgan bien o recibamos los resultados que esperamos. Cuando algo está saliéndonos bien, tenemos esa sombra de temor constante que nos hace esperar lo malo que va a ocurrir, porque “no todo puede ser tan bueno”. No sé bien de dónde salió esta idea, pero existe.
Es más, cuando algo nos resulta bien, lo atribuimos a la fortuna, a que el resto nos ayudó o a que en verdad no era tan difícil. Por el contrario, cuando algo no nos resulta asumimos TODA la responsabilidad y seríamos capaces de apostar que lo que nos ocurrió fue porque hicimos algo mal, nos equivocamos o tenemos algún defecto que provoca estos resultados. Esto se llama tener un error de atribución, pero para que lo entendamos mejor lo llamaremos error de percepción.
¿Alguna vez has visto esas imágenes que pueden ser dos cosas a la vez, como esa imagen de la mujer joven y la bruja en un mismo dibujo, o el de las escaleras que no se sabe si suben o bajan? Si nos damos cuenta, dependiendo de dónde fijemos la atención es lo que vamos a ver. Ahora, si así es tan fácil de entender y de ver, ¿por qué en nuestra vida es tan difícil en algunas oportunidades?
El error de percepción es más común de lo que creemos, se da en distintos ámbitos y hasta en las cosas más cotidianas. Por ejemplo, si toda la vida no nos hemos destacado en matemática y en algún momento damos con un cálculo mental rápido, atribuimos este resultado a que la operación matemática era fácil, a que igual nos demoramos y mil y una razones para no reconocer que tuvimos un porcentaje de la brillantez de Einstein. Por el contrario, cuando herimos a alguien con algo que decimos, tenemos una mala calificación o llegamos tarde a algún lugar, hacemos inferencias globales sobre nosotros mismos, como por ejemplo: “siempre daño a la gente que quiero”, “en todo me va mal”, “no importa cuánto me esfuerce, nunca llego a la hora”. Con todas esas afirmaciones lapidarias que hacemos de nosotros mismos, difícilmente vamos a dejar espacio para aceptar los cumplidos de los demás y mucho menos, para tener una visión positiva de nosotros mismos. Esto es lo que llamo tener un error perceptual. Lo que veo lo tergiverso con lo que ya sé, y no soy capaz de ver el objeto, situación o persona de la manera en que al menos la mayoría de la gente lo ve.
Cuando pienso en lo anterior, reflexiono en torno a la vida de aquellas personas que han sido capaces de cambiar la historia de un país, ciudad, o localidad; personas que han tenido “un algo” que las ha hecho especiales. Mi teoría, es que estas personasfueron capaces de verse a sí mismas con menos errores perceptuales que el resto de los mortales. Lo más probable es que cuando todo el mundo les gritaba “No” en el rostro, ellos no se lo tomaban a lo personal, no pensaban en que ellos tenían algo que invitaba a los demás a decirles que no. Tampoco pensaron que si una, dos, tres, cuatro, cinco personas les decía que no, la sexta también lo haría, por eso lo seguían intentando, hasta que lo consiguieron. Personas así deberían inspirarnos y desafiarnos a querer “ese algo” que ellos tienen y a luchar hasta lograrlo, sin importar cuánto cueste ni cuánto demore.
Si hay alguien para mí que es ejemplo de tener “ese algo” es Jesús. De él se dijo lo peor, se hizo lo peor y algunos pensaron que era el peor. Sin embargo, Jesús nunca se lo tomó a lo personal, es más, cuando ya estaba crucificado enuncia la popular oración: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”, nunca fue algo entre la gente y Él, siempre fue algo entre Él y su propósito en la tierra, y así lo vivió desde su nacimiento hasta su muerte. Jesús NUNCA tuvo un error de percepción, Él siempre tuvo claridad de quién era y de lo que era capaz de hacer, como tenía eso claro, cumplió su gran misión sin esperar nada  a cambio y sin pensar en que lo que le estaba pasando era producto de que no había sido lo suficientemente convincente como para hacerlos cambiar de opinión o que no había puesto todo de su parte para que creyeran que Él era el hijo de Dios hecho hombre. ¿Qué hizo Jesús? Perseveró. ¿Y qué hacemos nosotros cuando algo no nos resulta? Abandonamos.
Para lograr cambiar nuestros errores perceptuales, lo primero que tiene que pasar es que nos encontremos con nuestra misión en la vida, con lo que nos hace vibrar, con lo que apasiona nuestro corazón. Cuando eso pase, todo lo que ocurra a nuestro alrededor entrará en la categoría de “cosas que me acercan a mi sueño” y el error perceptual debería empezar a disminuir. Si no es así y seguimos teniéndolo, tal vez debemos dejar de escuchar a las personas equivocadas y empezar a escuchar la voz de Dios que nos dice que somos capaces de hacer las cosas mucho mejor de lo que nosotros mismos creemos y que Él formó hijos e hijascampeones, capaz de hacerlo todo…y MÁS.

Cada vez que el error perceptual venga a ti, pregúntate ¿Será tal como lo estoy pensando o tal vez estoy exagerando? ¿Qué me diría Jesús en este momento?. Te aseguro que por ese vía podrás hacer callar a ese “Pepe Grillo” que sabotea todo lo que haces e impide que salga de ti TODO el potencial con el que Dios te formó. Así que ¡ánimo! Es hora de reconectarte con tu verdadera genética, ¡LA DE UN CAMPEÓN!

Autora: Poly Toro
Escrito para www.mensajesdeanimo.com 

jueves, 20 de diciembre de 2012

Series, la mejor narrativa contemporanea, ¿será?

La semana pasada, en el taller de Ensayo que llevo los viernes, leímos a Guillermo Espinosa Estrada, me quedó la duda de quien es autor y buscando información sobre el y su obra encontré este ensayo que me pareció excelente, me identfico con su visión aunque no se cual sea mi "Vaticano para pretender ser Papa", si me llego a sentir uno mas en la barra



Sitcom: instantáneas para una familia feliz
Guillermo Espinosa Estrada | Número 06 | 18 de julio de 2011
a Ana, Natalia y Oriana,
con quienes viví una temporada

    La escena la hemos visto miles de veces.
Departamento.
Media tarde.
 De súbito, la puerta principal se abre para dejar entrar a una pareja de jóvenes ataviados con laUn sol otoñal entra por las ventanas de un loft decorado con muebles Ikea. Sofá color marfil, estantes repletos de libros, una cocina moderna completamente equipada, tal vez un piano. Mobiliario cuya neutralidad crea una atmósfera que sólo puedo calificar de utópica: lugar ideal o inexistente, pero al que siempre aspiramos. La panorámica sobre la gran urbe inmóvil es tan esplendorosa como envidiable y todo dentro de ese escenario resulta demasiado armónico. El orden que impera, incluso en el fingido desarreglo de la mesa de centro, inspira certidumbre, estabilidad, así como un espíritu de ocio y abundancia económica. 
No sabemos quién vive ahí pero podríamos ser nosotros, esa casa podría también ser nuestra misma uniformidad del apartamento. Actúan con fingida indignación, se reclaman, manotean, algo está ocurriendo entre ellos. No sabemos de qué se trata pero poco importa el motivo de la riña, lo importante es la riña en sí, la disonancia que se obtiene al contraponer lo ideal del escenario y los personajes con su absurda desavenencia. Es a partir de esta incongruencia básica que reaccionamos con la primera sonrisa, ya que nada, en ese paraíso, puede ser tan grave.
Crecí entre sitcoms y telenovelas. En pocas disciplinas puedo explayarme con tanta naturalidad como en la programación televisiva de los ochenta –aún recuerdo la barra vespertina de Imevisión y creo que mi vida sería más sencilla de no haber experimentado el magisterio de Ernesto Alonso–. Pero en casa teníamos también el privilegio de la antena parabólica. Horrenda, invasiva, con un dejo futurista del pasado, la parabólica no sólo era un ostentoso signo de estatus, era también un umbral para acceder a otra dimensión, a un mundo mejor allende nuestras fronteras. Para el niño que era, ese mundo estaba representado –antes que por la Estatua de la Libertad o el castillo de Disneylandia– por una extensa barra color maple de un bar en Boston, Massachusetts. Por cuestiones cronológicas pertenezco a la generación Friends (1994-2004), mis años de formación corrieron parejos a las peripecias de aquellos personajes con quienes, creo, comparto muchas aspiraciones, si bien no los mismos problemas. Pero, por una cierta precocidad que me domina, no me siento parte de ella. Ni siquiera de su antecedente, la generación Seinfeld (1989-1998), a la que muchos amigos míos quisieran adscribirse, aun sin derecho. En lo personal quisiera formar parte, aunque todos sus valores me sean distantes, de la generación Cheers (1982-1993).
Ahora mismo un historiador debe estar redactando en su cubículo The Rise and Fall of the American Family (1950-2000), basándose sólo en sitcoms. En medio siglo la curva es continua y descendente, así como la temática obsesiva. El concepto “familia” atraviesa la evolución del género para ser retratado, parodiado, diseccionado, una y otra vez, varias veces al día. Cual mural de Pompeya, la sitcom funciona como fresco de una cotidianidad inmóvil. Ahí están, frente a nosotros, las frustraciones y espiraciones del núcleo social básico, en una mimesis que dista mucho de ser ingenua. Al nacer con la urgencia ideológica de la Guerra Fría, la sitcom realizó, en un principio, propaganda de los valores y virtudes estadounidenses. La familia y el rol social que debían ocupar la mujer hogareña, el hombre trabajador y los muchachos rebeldes, ilustró –junto con la dosis decembrina de It’s a Wonderful Life– los ejes del American Dream: el suburbio como paraíso capitalista, el gadget como ética del consumidor, el multiculturalismo como proyecto de un melting pot tan lento como eficaz.
Tras la caída del Muro el modelo se gastó y fue necesario recurrir a su parodia. La familia disfuncional o electiva –con un marido que cambia de sexo, la madre adúltera e hijos con obesidad– conforma un sistema de sublimación comunitaria, un pharmakos que busca mantener un status quo ya insostenible. Pero después de todos estos años el subtexto no ha dejado de ser el mismo: la familia de clase media, la familia típica, tradicional, aunque ahora el acercamiento se haga en negativo, en sus posibles desviaciones. Por eso todas las tardes la familia Simpson se apresura a ocupar su sillón y ver The Simpsons. Es a través del show que se cumplen y manifiestan las corrupciones privadas que, de no ser contenidas mediáticamente, destruirían el tejido social.
Imagino a un Quijote contemporáneo que va por la vida esperando que todos a su alrededor se comporten como personajes de sitcom.
Después de una solitaria y prolongada convalecencia, en la sala de un hospital donde sólo funciona el canal Warner, nuestro personaje y un Sancho amigo –joven afanador con aspiraciones a enfermero– intiman en una desangelada Noche Buena. En la madrugada, después de un patético abrazo y el “Feliz Navidad” de rigor, el primero convence al segundo de lo provechoso de su empresa: “Salgamos a recorrer el mundo –le dice– en busca de una familia que se encuentre con nosotros en estos días. Sólo de esa manera podremos tener una vida realmente feliz”. Si bien el escenario natural sería Nueva York, San Francisco o cualquier otra urbe cosmopolita, todo resultaría más hilarante en Ciudad de México u otra capital del Tercer Mundo. Sí, eso es, nuestro personaje y su fiel escudero se propondrán arribar del D. F. a la Gran Manzana haciendo auto-stop, en un intento por conocer a los personajes de sus sitcoms favoritas o para conformar con sus vidas una de ellas. Camioneros, campesinos, recepcionistas de baratos moteles, polleros, traficantes, policías federales y agentes de la migra serían los individuos que con su desencarnado realismo se nieguen, al menos en un primer momento, a responder a la amistosa prédica de nuestros personajes que sólo desean formar parte de una familia. ¿Llegarán algún día a Nueva York? Tal vez sólo para observar desde el parque la caída de sus ilusiones junto con el World Trade Center.
Yo también hice mi peregrinaje.
Destino: el 84 de Beacon St., en Boston, Massachusetts, al lugar where everybody knows your name.
Llegué en el verano del 2002, con veintitrés años de edad y unas aspiraciones que no cabían en la maleta. Becado, proveniente de París y enamorado de una mujer excepcional, el mundo parecía estar rendido a mis pies y poco esfuerzo me había costado lograr semejante victoria. El calor era sofocante, la gente un poco hostil, pero tanto ellos como los elementos, pensaba, terminarían doblegándose ante lo inabarcable de mi talento. Nos establecimos en Back Bay, el barrio más lindo de la ciudad, en un one bedroom con mala cañería y ratones, en uno de esos típicos edificios de Nueva Inglaterra. El Prudential Building con el John Hancock a su costado –los dos rascacielos que dominan el paisaje– eran la postal con la que me despertaba todas las mañanas, después de que Mofeta y Capuchino se metían olisqueando debajo de las sábanas, obligándonos a salir.
Recuerdo vivamente mi primer cóctel. Una reunión organizada para estudiantes nuevos y perfil sobresaliente que se desarrolló en una especie de castillo victoriano, tal como aparecen en películas del tipo Dead Poets Society. Todavía no conocía a nadie en la ciudad, mucho menos en la tertulia, y mi inglés se tropezaba con una cantidad importante de galicismos. Por eso estuve apoyado en lo que parecía una gárgola medieval buena parte de la velada, esperando una hora prudente para partir. Casi a punto de irme, un muchacho mayor que yo, pero todavía joven, se acercó amablemente hacia donde estaba y empezó a platicar conmigo. No le pregunté su nombre, pocas cosas recuerdo de nuestra conversación, pero soy justo al decir que ha sido una de las personas que más ha influido en mi vida. Sólo con verlo caminar, al ver la forma en que se diferenciaba del resto de la concurrencia, supe que yo haría cualquier cosa por no llegar a ser como él. Aunque envidié por un instante su soltura, la contundencia con la que decía sus palabras, su saber, me molestaba algo indefinible. Algo había en él de derrotado, de vencido, de gris, que me aterró. Aún así, antes de despedirse me dijo: “Felicidades, éste es el Vaticano para un intelectual. Si alguien tiene la intención de convertirse en papa tendrá que pasar por aquí”. Después se alejó. Salí entusiasmado con esta idea, con la sola posibilidad. Me fui a casa, a aquel departamento donde me esperaban mi familia, mis libros, y la esperanza de convertirme un día, si no en papa, al menos en cardenal.
Durante los años que viví en Boston fui postergando, incomprensiblemente, mi visita a Cheers, o Bull & Finch Pub, nombre original con el que todavía lo denominan algunos bostonianos. La caminata era de media hora desde mi casa. Cuestión de tomar hacia el Norte en Massachusetts Avenue, girar a la derecha en Boylston o Newbury St., llegar al parque y doblar a la izquierda en Arlington: justo en la esquina de Beacon y Brimmer. Ese trayecto lo recorrí cientos de veces, pero siempre había algo más importante que hacer, como ir al cine, u otro lugar al cual llegar, como un nuevo restaurante en North End o visitar a los amigos. Después se me olvidó. Con el tiempo me hice asiduo de mi propio neighborhood bar, donde aceptaban mascotas. Y si bien ahí no todos sabían mi nombre, sí lo sabía mi tocayo Billy, el cantinero, que sólo al vernos llegar ponía un par de Guinness sobre la barra y sacaba una oreja de cochino para los nenes.
Volviendo de una Navidad en México extraviaron mis maletas en el Aeropuerto Internacional Logan. Fue por los días en que me diagnosticaron laberintitis, padecimiento que nada tiene de borgesiano y sí mucho de infierno circular de Dante. Al menos en eso se había convertido mi Vaticano, tras claudicar a una posible ordenación intelectual. Llegó un anhelado marzo, pero el invierno se instaló, indefinidamente. Una tarde, mientras corría para dar clase, me resbalé con la nieve y caí. Nunca me había caído. Tiempo después, por descuido o por negligencia, en casa nos quedamos sin calefacción. Tuvimos que mudarnos. Ella se quedó con Mofeta. Yo con Capuchino. Tardé mucho en levantarme.
Un día, cuando él y yo vagábamos por rescoldos poco visitados del parque, vi el Bull & Finch. Ahora, como nunca antes, no había otra cosa más importante que hacer, ni otro lugar a donde ir, de alguna manera estaba enfrente de mi propia casa. Making your way in the world today takes everything you got. Salimos del parque por la puerta que da a Charles St. y tuve que cargarlo porque aún no era hora de volver y él no quería interrumpir su paseo dominical tan pronto. Taking a break form all your worries, sure would help a lot. Pero yo no estaba para negociaciones, así que con él entre mis brazos llegué corriendo a la acera de enfrente, experimentando una urgencia inédita por una visita que me había estado esperando más de un lustro. Wouldn’t you like to get away? Sometimes you want to go… Aseguré la correa de Capuchino en la barandilla de la famosa escalinata. Su mirada era de profundo desconcierto, de reproche incluso, y pronto dejó de mover la cola …where everybody knows your name. And they’re always glad you came. Me detuve un momento antes de descender. Tomé aire. Intenté regular mi respiración y me preparé para el ingreso a una vida plena. You wanna be where you can see our problems are all the same. You wanna go where everybody knows your name. Bajé los escalones, empujé la puerta y entré.
Una nueva vertiente de la nostalgia se inauguró con el primer “repetido”. No era lo mismo asistir al cine y ver una vez más aquel clásico privado, que presenciar, por los caprichos de un programador azaroso, ese mismo capítulo que poco a poco se convertiría en nuestro favorito. En un momento dado la programación televisiva dejó de ser desechable para conformar una nueva educación sentimental. Un buen día en las reuniones con los amigos se comenzaron a enumerar episodios, chistes, anécdotas desitcom tal como si sus personajes fueran parte de nuestra vida, como si emergieran directamente de nuestro álbum familiar. La buena sitcom tiene el privilegio de construir personajes entrañables.
Mientras miro ahora los avejentados capítulos de Cheers me doy cuenta de cómo esas personas llegaron a influir en mi carácter. Tengo más cosas en común con ellos que con gente con la que crecí. Me reconozco en todos, cada uno tiene un pedazo mío: la ética del trabajo de Sam Malone, el esnobismo de Frasier Crane, la obsesión por las mentiras de Cliff Clavin, la ira y el malhumor de Carla Tortelli, el amor por la cerveza de Norman Peterson. Por si fuera poco, Diane Chambers y yo tuvimos el mismo trabajo en el mismo lugar –teaching assistant at Boston University– con dos décadas de diferencia. Padecí con verdadera angustia cuando Sam volvió a beber, tras terminar con Diane; pocas separaciones he vivido con tanta empatía como la de Frasier y Lilith. Tal vez tenga que dejar de ver televisión.
Jamás regresé al Bull & Finch, ni pienso hacerlo. Entré ahí buscando algo, a alguien, y me recibió una chica que vendía souvenirs. Ocupé un lugar en la barra, ordené una Guinness y un sándwich “Crane” y me acordé que Capuchino estaba afuera, solo en el frío. Con el pretexto de fumarme un cigarrillo salí, lo desanudé y emprendimos el camino de vuelta por esas calles que, tímidamente, encendían sus farolas bajo un cielo rojo. Tomé Commonwealth Avenue y en la caminata fui distinguiendo esquirlas de mi pasado con asombrosa nitidez. La foto que nos tomamos en aquella acera. La única vez que entramos en esa cafetería. El two bedroom que visitamos en ese edificio porque, eventualmente, la familia tenía que crecer. Ahí, los mejores huevos benedictinos de la ciudad. Justo enfrente el buffet de comida india que, a juzgar por la relación cantidad-precio, siempre privilegiamos. A la cuadra siguiente mi neighborhood bar, donde no me volverían a ver. Fenway Park y un poco más adelante el local de comida tailandesa donde tuvimos la primera y la última noche juntos en Boston, para concluir lo nuestro con una circunferencia perfecta. Esa ciudad, y no Cheers, era el lugar donde todos sabían mi nombre y por algún motivo eso resultaba intolerable. Ya con la certeza de que tenía que partir, llegué a la esquina de Commonwealth y Granby, doblé a la derecha rumbo al río, hasta Bay State Rd., y visité por última ocasión el castillo victoriano que me había dado la bienvenida años atrás. El que había estado ahí ya no era yo. Tal vez ese que había entrado nunca había salido. Salió su doble, un desconocido: salí yo. Pero era hora de volver y encontrarse con el pasado, por más doloroso que fuera. Todo seguía en su sitio. Las arañas alumbrado esplendorosas. Los vitrales con motivos religiosos. El mobiliario de una película de época. El piano. En un instante en que se disipó la concurrencia me vi al fondo, recargado en lo que parecía una gárgola, bebiendo solo pero secretamente entusiasmado. Tuve el valor de acercarme, sacarme a mí mi mismo de un recatado mutismo y decir: “Felicidades, éste es el Vaticano para un intelectual. Si alguien tiene la intención de convertirse en papa tendrá que pasar por aquí”. Exactamente esas palabras, esas mismas palabras, porque aunque yo había hecho las cosas mal, no podría haberlas hecho de ninguna otra manera.
En ocasiones en que la vida se empecina en ser más cruel de lo debido, uno recurre a la fantasía de la sitcom. Algo tenía Alonso Quijano para salir a desfacer entuertos. Un terrible dolor en el alma –que pudorosamente nos omite Cervantes– lo hizo dejar su hacienda, su sobrina y hacer como si fuera un caballero andante. Debió haber sido algo intolerable, tan tremendo que sólo fue superado por el miedo a morir sin confesión. A medio camino de la vida, atravesando por la más oscura de todas las selvas, nuestro Quijote empuña un teléfono público para hacer una llamada en medio de la noche. Es una imagen particularmente triste, la del hombre que llama a alguien más desde la esquina de su casa, tal vez se deba a que todo teléfono público delata una urgencia, al mismo tiempo que un desamparo. Cuelga el auricular y dirigiéndose al chofer de un taxi le pide que lo lleve al aeropuerto Logan. Nunca sabremos el contenido de esa charla, pero debe ser algo capaz de atrofiar el sentido común. La fantasía de vivir nuestra propiasitcom sólo surge cuando hemos saltado la valla de toda razón.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Mezquita de Córdoba

Hace dos años visité este lugar, como me hubiera gustado saber antes lo que este documental ofrece, por si acaso regreso algún día o algún lector de este sitio planea un viaje a Andalucía les invito a ver y disfrutar de esta maravillosa obra

sábado, 17 de noviembre de 2012

Menudo susto!

Esta mañana repentinamente me llega un correo con una publicación nueva en el blog, la cual yo no había escrito, no se qué sucedió exactamente, sólo se que fue enviada desde Facebook, y fue una publicación desde un grupo en que yo no participo.

Hace bastante tiempo que no público casi nada en el blog sin embargo lo sigo apreciando mucho y quizá en poco tiempo regrese a publicar con mayor frecuencia, más ahora que estoy usando una nueva aplicación de Apple para blogger que facilita la publicación y administración del blog desde dispositivos móviles como el ipad o iPhone, magos gadgets los uso cada día,

Esta entrada es la primera desde la aplicación para el ipad espero que se publique bien

Saludos

viernes, 9 de noviembre de 2012

Ignoria: Claudio Magris - ¿Hay que expulsar a los poetas de la República?

Claudio Magris - ¿Hay que expulsar a los poetas de la República?



Claudio Magris © Thomas Laisné-Corbis



Se cuenta que Platón, al hacerse discípulo de Sócrates, quemó una tragedia que había acabado de escribir. El motivo que le llevó a ello no fue ciertamente que estuviera insatisfecho por el valor poético de la obra, con la que había pensado concurrir, como refiere Diógenes Laercio, a uno de los certámenes literarios más importantes de Atenas. De Platón a Kafka —que encargó a su amigo Max Brod que destruyera a su muerte sus obras inéditas, entre las que figuraban obras maestras como El proceso y El castillo—, el gesto del gran escritor que destina sus libros a la hoguera no se deriva nunca de una valoración literaria, sino de razones más profundas. Platón destruye su tragedia —y el resto de las que se supone que había escrito— al convertirse en discípulo de Sócrates y consagrarse a la filosofía, a la búsqueda de la verdad, que le parece incompatible con la literatura —incluso con la que él más apreciaba y consideraba más alta, como la de Homero y los grandes trágicos, que en un famoso capítulo de la República quedan excluidos del Estado ideal y de la formación espiritual del ideal ciudadano de ese Estado.


La sentencia platónica es inaceptable, porque, allí donde se cumpliera, desembocaría en el totalitarismo, en el poder absoluto de un Estado que no tolera expresiones discordantes con su paradigma de valores y violenta al individuo y su derecho a la diversidad. Pero para rechazar la condena platónica de la literatura —y del arte en general— hace falta tenérselas a fondo con ésta y con su verdad por muy peligrosa y perversa que sea, pues su desconocimiento nos impediría hacer justicia a la literatura, refutar y al mismo tiempo reconocer su seducción, captar su tiránica y liberatoria ambigüedad y por consiguiente el significado que encierra para la vida de un hombre y la formación de su personalidad.


Una doble marca sella para Platón la exclusión de la literatura. Por una parte ésta muestra, sin dar un explícito juicio moral, el absurdo y la injusticia de la vida, el abismo de dolor que atenaza al inocente y la felicidad que sonríe al malvado, la perfidia de los mismos dioses —seductores, pero de ninguna forma ejemplos de bondad y justicia, sino celosos, envidiosos, ávidos, vengativos y violentos— que inducen a los hombres al error y los castigan después de haberles inducido a cometer esos errores. En el arte hay belleza, pero ésta, nos recuerda Gadamer, no siempre es, como debiera ser según Platón, la aparición del Bien y de lo Verdadero.


Lejos de ofrecer modelos de vida que eduquen al hombre en la virtud, el arte puede resultar cómplice de la injusticia y la violencia que reinan en el mundo. El arte no es solamente mimesis ficticia, réplica de esa engañosa e imperfecta realidad sensible que para Platón es a su vez sólo una réplica de la Idea, única verdadera realidad. En el arte el individuo da voz a sus propios sentimientos; pero de este modo acaba a menudo por coquetear con su propio egoísmo, por imitar complacido las miserias, las contradicciones y a veces las banalidades de su estado de ánimo, por transigir con sus propias debilidades y encerrarse en su propio narcisismo.


Todo esto hace al arte nocivo para la formación del individuo —al menos para Platón, que sin embargo amó como pocos su encanto, su fuerza de arrastre y transfiguración, su capacidad de ver los demonios y los dioses, su «divina manía» que celebra en el diálogo Ion, dedicado a un aedo. Es posible comprender esa contradicción platónica en términos teóricos, pero para entenderla en toda su viva realidad, para entender cómo nació y fue vivida por él, nos hace falta el arte, la literatura. La filosofía y la religión formulan verdades, la historia indaga los hechos, pero, como observa Manzoni, sólo la literatura —el arte en general— dice cómo y por qué los hombres viven esas verdades y esos hechos; cómo, en la existencia de los individuos, los universales que éstos profesan se mezclan con las cosas pequeñas, mínimas e ínfimas con las que está concretamente tejida su existencia; cómo las verdades filosóficas, religiosas o políticas se entrelazan con las esperanzas y los miedos de los hombres, con sus deseos y temores mientras envejecen y mueren. Si Dios se encarna, es la literatura la que puede contar esa encarnación, mostrando el absoluto en los gestos de cada día. El Evangelio es un relato y termina con Jesús resucitado en trance de asarles a los apóstoles unos pescados a la orilla de un lago. En la novela Comenzó en Galilea de Stefano Jacomuzzi, Jesús dice: «…¡qué ardua es, Padre, tu ley para que nada se pierda! ¡Oh, que no se malogren tampoco estas pobres voces nuestras de tierra, recuerdos, amores, esperas, pequeñas tribulaciones, pequeñas alegrías… Llévatelas todas contigo, Padre, sálvalas para toda la eternidad!»


Es la literatura la que puede salvar esas pequeñas historias, iluminar la relación existente entre la verdad y la vida, entre el misterio y la cotidianidad, entre el individuo concreto y la Babel de la época. La «novela de aprendizaje», que floreció entre los siglos XVIII y XIX no sólo pero sobre todo en Alemania, cuenta, por ejemplo, las condiciones y modalidades por las que se hace posible que un individuo, que crece en contacto con una sociedad cada vez más compleja y laberíntica, forme armoniosamente su propia personalidad, desarrollándola en todas sus potencialidades latentes, o bien resulte aplastado por el férreo mecanismo del mundo o se inserte en su engranaje a costa de pagar sin embargo un alto precio, sacrificando su múltiple riqueza interior, renunciando a sus sueños, pasiones y proyectos y aplanándose hasta el extremo de convertirse en poco más que un instrumento de ese engranaje.


La historia cuenta los hechos, la sociología describe los procesos, la estadística proporciona los números, pero no es sino la literatura la que nos hace palpar todo ello allí donde toman cuerpo y sangre en la existencia de los hombres. Sabemos lo que fue la Francia de la Restauración y lo que es la metrópoli contemporánea gracias a las tentaculares novelas de Balzac, que nos cuentan cómo amaron, desearon o mintieron los hombres, y a novelas como Berlín Alexanderplatz de Alfred Döblin u otras obras de vanguardia, en las cuales la complejidad, la organización, la desconexión y el caleidoscopio de la vida metropolitana se convirtieron en montaje y collage narrativo, estilo y aliento de la narración. Por eso Sciascia pudo decir que «nada sabe de sí ni del mundo la mayor parte de los hombres, si la literatura no se lo enseña».


La literatura, y en especial la novela o mejor aún la épica moderna, es mimesis de la realidad, de su hormigueo impuro y fugaz, de su caótica caducidad. Se parece a un periódico y a veces hasta a un periodicucho de la vida, de su cotidianidad rastrera y vehemente; Dostoievski o Dickens —pero también Dante y la Biblia— son cronistas de lo efímero, sobre lo cual ellos proyectan una luz de eternidad, violenta como un reflector que rasga la noche o como la linterna de bolsillo de un detective en un lugar tenebroso. En ese descenso a los infiernos cabe que exista salvación, la caridad de quien se hunde en el fango de la existencia para asumirlo como un Mesías doliente, pero también puede que haya complicidad, la complacencia con la miseria más que la esperanza de aliviarla.


En su fidelidad al cenagoso fluir de los acontecimientos, la literatura es también un sismógrafo de los acontecimientos políticos, que en el desorden de su inmediatez impiden entrever a menudo su lógica y su significado. Carlo Bo, al evocar los momentos más confusos y dramáticos de la reciente historia de Italia, decía que esos turbios y convulsos hechos parecían estar pidiendo un narrador que les diera forma. En su ensayo sobre las relaciones entre la narrativa, el periodismo y las páginas de opinión, Letteratura bastarda [Literatura bastarda], Claudio Marabini, al recordar que literatura significa en primer lugar «ponerse todo lo posible en la piel de los demás», observa que la sangrienta chapuza de los últimos decenios de nuestra vida colectiva —el asesinato de Moro, la muerte de Calvi, la corrupción generalizada y tantos otros acontecimientos ya luctuosos ya tragicómicos— es el material de un gigantesco, laberíntico folletón que aguarda a su narrador. Tal vez cuando tengamos —si la llegamos a tener— esa gran novela, podamos saber lo que ha sido esta Italia, de quien nadie —ni siquiera quienes han vivido esos acontecimientos de cerca, en el ojo del tifón— consigue ver su rostro.


Puede que nunca haya reclamado y desarrollado la literatura una función cognoscitiva como en nuestra época: en el período que va de finales de siglo a los años treinta —el gran momento de la cultura del siglo XX, la frontera todavía más avanzada que ha alcanzado la literatura—, escritores de la talla de Musil, Joyce, Proust, Kafka, Svevo, Mann, Broch, Faulkner y otros exigieron a la narrativa un conocimiento del mundo que precisamente el enorme desarrollo de las ciencias no permitía confiar a estas últimas, porque, con su extrema especialización, que hacía inaccesible cada una de ellas a los estudiosos de todas las demás y aún más al hombre medio, habían hecho añicos cualquier sentido de la unidad del mundo. Sólo una novela que asumiera tales problemáticas científicas, mostrando cómo vivieron y viven los hombres esa transformación, podía y puede captar el sentido de la realidad y de su disolución, una disolución copiada pero también captada a fondo y dominada en las mismas formas experimentales de la narración, en la disgregación y recreación de las estructuras narrativas.


Hoy en día la literatura se enfrenta a un nuevo desafío que nace de la divergencia respecto a la ciencia y de la divergencia existente entre los conocimientos científicos y las posibilidades de que éstos entren a formar parte del patrimonio cultural común. Durante siglos los descubrimientos científicos —por ejemplo de Galileo o de Newton, quizás todavía de Einstein— entraban, aunque fuera de modo aproximado e imperfecto, en la mente de los hombres incluso sí éstos carecían de preparación especializada, e influían en su forma de vivir y de percibir el mundo y por consiguiente —para el escritor, el artista— de representarlo. Con la mecánica cuántica —y no sólo con ésta— parece haberse abierto un abismo entre la ciencia y su comprensión (y por lo tanto también la fantasía, la sensibilidad) aunque sea superficial por parte de los no científicos.


La ciencia contemporánea —aunque según algunos el proceso se inició con Galileo— da la impresión de haber reducido la evidencia sensible, presente durante siglos en el conocimiento de la naturaleza, a favor de una inevitable y creciente abstracción que parece imposible trasponer a la fantasía, convertir en imagen y metáfora, poner en relación con la vida. De este modo la ciencia no parece influir en la percepción y la representación, mental y artística, del mundo; paradójicamente pues el saber científico —un saber fuerte que domina el mundo— no logra convertirse en cultura, salir de su ámbito especializado, incidir en la sensibilidad de los hombres. El descubrimiento del ADN —susceptible de trastornar radicalmente la realidad y los valores— es, a grandes rasgos, aprehensible, pero la mecánica cuántica se asoma a otra realidad, donde rigen otras leyes y sobre todo otras lógicas, refractarias a las categorías de nuestra razón y nuestra sensibilidad.


No es evidente que el universo tenga que estar organizado conforme a leyes que se correspondan con las estructuras de la mente y la percepción humanas; transformar en metáfora poética los conocimientos cada vez más abstractos de una naturaleza indeterminista es el arduo desafío cultural que tiene ante sí hoy en día la literatura.


La literatura defiende lo individual, lo concreto, las cosas, los colores, los sentidos y lo sensible contra lo falsamente universal que agarrota y nivela a los hombres y contra la abstracción que los esteriliza. Frente a la Historia, que pretende encarnar y realizar lo universal, la literatura contrapone lo que se queda en los márgenes del devenir histórico, dando voz y memoria a lo que ha sido rechazado, reprimido, destruido y borrado por la marcha del progreso. La literatura defiende la excepción y el desecho contra la norma y las reglas; recuerda que la totalidad del mundo se ha resquebrajado y que ninguna restauración puede fingir la reconstrucción de una imagen armoniosa y unitaria de la realidad, que sería falsa.


La poesía de los modernos —escribe August Wilhelm Schlegel, fundador del Romanticismo— es la nostalgia de una imposible totalidad de la vida y expresa por consiguiente el vacío, la ausencia, lo incompleto de la vida y de la representación que quiere serle fiel, sin ceder a la tentación de embellecerla retóricamente, como si todo estuviera en su sitio y fuera fácil. Buena parte de la literatura contemporánea es todavía romántica, en el sentido de que ha sido el Romanticismo —como observa Giuseppe Bevilacqua— el que soñó con la utópica redención global de la sociedad y de la vida y —desilusionado por el fracaso de la revolución, que lleva a muchos románticos a abrazar políticamente por reacción posiciones conservadoras y retrógradas —confió a la poesía la tarea, igualmente imposible, de realizar un absoluto poético-existencial (la vida verdadera, el vivir poéticamente) en una sociedad que, cuanto más perfecta se la quiere, tanto más sofocante e invivible resulta.


El arte moderno ha asumido, en su mismísima estructura formal, la disonancia de la condición humana y ha rechazado toda plenitud artística, considerándola falsa con respecto a la existencia, de la misma forma que sería falsa una tersa estatua neoclásica de la Victoria erigida para celebrar la derrota del nazismo después de Auschwitz. No sólo las obras más arduas y difíciles, como las de Joyce y Beckett, sino también las aparentemente más accesibles pero igualmente radicales en su representación del desencanto y la nada, como La educación sentimental de Flaubert, han rechazado toda profesión retórica de noble y fácil humanidad. La literatura que dice las verdades más radicales acerca de la condición existencial e histórica es la de la negación y el rechazo, la que hace hincapié en el malestar de la civilización y en la laceración misma del yo individual, ya no se trata de que Su Majestad el yo promulgue bandos de Gobierno, sino de un yo cada vez más escindido y fragmentado, reducido a una provisional y oscilante encrucijada de eventos y sensaciones, poco más que el sedimento dejado por una tradición y una historia que se han volatilizado.


El escribiente Bartleby, el inmortal protagonista del relato homónimo de Melville, responde a cada petición, orden u ofrecimiento: «Preferiría no hacerlo, señor.» En este firme y extremo no, parecido a la renuncia de los personajes kafkianos, hay un amor a la vida más profundo que cualquier fácil consenso, un amor que se expresa en la soledad, en el silencio, en una anarquía que es tanto más radical cuanto más tímida y remisa. También la ironía puede esconder y revelar juntamente el abismo, como la leve, diabólica y vertiginosa ironía de Svevo, una de las miradas más inexorables que se han dirigido a la Medusa. El sentido de la literatura es, hoy más que nunca, la liberación de los falsos ídolos, de todo aquello que pretende suplantar falsamente a los auténticos valores. Como dicen los célebres versos de Montale: «Eso es sólo lo que hoy podemos decirte, / lo que no somos, lo que no queremos». Lo que se dice en el Evangelio a propósito de la palabra de Jesucristo vale también para la literatura: tampoco ésta trae la paz, sino la espada; ha venido a separar al hijo del padre y al hermano de su hermano, a esparcir inquietud, a poner en entredicho todo orden social y político. Botero, el teórico de la Razón de Estado, decía que las letras no son útiles al Príncipe —es decir al Estado— porque llevan a la melancolía. Acto de comunicación y por consiguiente acto social por excelencia, la literatura tiene también un irreductible núcleo antisocial, como bien sabía Platón; a menudo políticamente comprometida, la literatura es también sabotaje de cualquier proyecto político.


En su negativa, la literatura puede decir un apasionado sí a la cálida vida, como la llamaba Saba. Es liberatoria justamente porque está libre del principio de no contradicción; puede decir verdades antitéticas, porque no formula juicios teoréticos ni mucho menos proclama ideologías, sino que expresa experiencias y por lo tanto puede expresar la fe en Dios y su negación, pues cada individuo, en la odisea de su vida, puede tener experiencia de ambas y la literatura cuenta esa experiencia, sin dejarse apresar por la formulación de un credo. En los relatos de Singer se dan la mano la epifanía de la fe y la de la nada más radical y no es posible saber si Singer es o no creyente.


Todo escritor conoce bien, advierte físicamente, la diferencia que existe entre lo que él escribe personalmente, para expresar su posición o su juicio sobre algo, y lo que dice hablando a través de sus personajes o de sus paisajes, escuchando lo que le sugieren y lo que tal vez hasta ese momento ignoraba tener dentro de sí. En la literatura todo es metáfora, algo que dice algo distinto; un no puede ser un sí y ésa es su libertad, su ángulo de trescientos sesenta grados abierto al mundo. En la literatura no cuentan las respuestas dadas por un escritor, sino las preguntas que éste plantea y que son siempre más amplias que toda respuesta por exhaustiva que ésta pueda ser. También en la vida, por lo demás, las personas que cuentan para nosotros no son tanto las que comparten nuestras respuestas acerca de las cosas últimas, cuanto las que se plantean nuestras mismas preguntas en torno a esas cosas.


La literatura tiene su férrea necesidad, pero ama el juego. La necesidad suprapersonal sobrepasa a menudo el deseo y la voluntad del propio autor; a veces se quisiera decir algo por lo que tenemos mucho interés pero que el texto nos rechaza, o bien callar algo que el texto nos exige. En la fábula La radura [El claro del bosque] de Marisa Madieri, la pequeña Dafne quería contar sus vicisitudes personales eliminando el episodio del mirlo devorado por una serpiente, que perturbaba su encanto del mundo, pero se da cuenta de que no puede hacerlo.


La literatura ama sin embargo el juego, la libertad de inventar la vida como el barón de Munchhausen, de hacer incluso a la tragedia ligera como un globo de colores que se escapa de la mano y se va volando por su cuenta. Los poetas saben esconder la profundidad en la superficie, decía Hofmannsthal, disimular los abismos más inquietantes en la levedad de la sonrisa y de lo aparentemente fútil, como sucede en Sterne, haciendo sentir de este modo todavía más intensamente los vértigos de esa oscura vorágine. La literatura inventa el lenguaje, contraviene la gramática y la sintaxis, pero creando un nuevo orden; crea palabras, casi volviendo cada vez al origen de la vida, como Joáo Guimaráes Rosa en su Gran Sertón. Esta desenfadada libertad es quizás su mayor don.


Hay una irresponsabilidad que la literatura reivindica como su derecho inalienable y que protege de la insoportable seriedad de la vida, de sus deberes y sus atosigamientos, recordando que es necesario asistir a clase, pero también hacer novillos. La literatura nos enseña a reírnos de lo que se respeta y a respetar aquello de lo que nos reímos, como sucede en el colegio con algunos profesores venerados a los que se les toma el pelo con una cariñosa ironía y autoironía que es lo contrario del escarnio acre y presuntuoso. Esta resuelta soltura de la persona es una actitud clásica y la clasicidad hace libres, como dice un personaje de Fontane, el gran narrador prusiano del siglo XIX, porque proporciona un sentido del espesor y de la complejidad, pero también del absurdo y la vanidad de las cosas, enseñando a aceptarlas y a amarlas sin idolatrarlas.


Entre las muchas razones para estudiar las literaturas y las lenguas clásicas, no es la última lo gratuito de esas lenguas muertas, de sus perifrásticas, de sus subjuntivos y de todos esos esse videatur que parecen no servir para nada y que tal vez por eso mismo ayudan a comprender a los hombres con desilusionada benevolencia y sobre todo enseñan, con el orden del lenguaje, la moral correcta. Muchas barrabasadas nacen cuando se hacen chapuzas con el lenguaje y se pone el sujeto como acusativo o el complemento directo como nominativo, enredando los papeles y confundiendo las víctimas con los culpables, aboliendo distinciones y jerarquías en un embaucador revoltijo de conceptos y sentimientos que deforma la verdad. Tal vez, si aprendemos lo gratuito de todas esas proparoxítonas y properispómenas, o de aquel bendito paradigma del verbo hystemi, lo demás se nos dará por añadidura.


Irresponsabilidad se llama pues el juego de la literatura. Pero el verdadero juego es algo muy serio: lo saben bien los niños, que juegan a policías y ladrones conscientes de la ficción, pero con una seriedad y una pasión que raras veces adoptarán más tarde en las ficciones aparentemente reales de sus actividades de adultos. Hay también sin embargo un juego árido y estéril, en el que se complacen a menudo los literatos, una aridez enmascarada por las palabras que celebran los sentimientos, casi una arrogante autorización para no participar en el calor de la vida durante el acto mismo en que se la canta. Todo el que ama la literatura tiene que vérselas a fondo, como dejó bien claro Thomas Mann, con el peligro, siempre al acecho, de que el amor por la palabra se convierta en idolatría, en fetichismo. En todo escritor, y no sólo en los muchos estetas como abundan, serpentea esa tentación, que la tradición atribuye, probablemente sin motivo, a Nerón, y que consiste en el impulso de preocuparse, mientras Roma se consume entre las llamas, más por los versos que lamentan el incendio y sus víctimas que por las víctimas propiamente dichas y por su dolor.


Muchos escritores, incluso grandes, de los que supieron hablar al corazón demostraron tener un corazón bastante pequeño y árido, que se encendía por miserables envidias o pruritos de reconocimiento más que por el amor o el dolor. Los mayores escritores —pensemos en Tolstoi o Dostoievski— fueron por lo demás los primeros en denunciar, incluso en sí mismos, esa estrechez humana de la literatura. Esta puede hacerse cómplice de una mezquina y ambigua secularización que profana y falsea cualquier sentimiento y cualquier valor. En uno de sus relatos, Singer pone en boca de un demonio estas palabras: «Los judíos ahora tienen escritores que nos han robado el oficio […] Conocen todos nuestros trucos, el escarnio, la piedad. Tienen mil razones por las que un ratón deba ser kosher». Escribir —ejercicio ascético y totalizante que absorbe la atención y la energía de toda la persona— puede comportar un riesgo de inhumanidad. La escritura busca la vida, pero puede perderla precisamente porque está enteramente concentrada en sí misma y en su propia búsqueda. Un día, en París, durante una discusión acerca de mi Danubio, Maurice Nadeau me preguntó si, para mi viajero danubiano, la literatura era un medio para alcanzar el sentido de la vida o bien un obstáculo en ese camino. Después de muchos titubeos le dije que, si no podía por menos de responder, era en un 50,001 por ciento salvación y en un 49,999 perdición, y que podía ser salvación sólo a condición de ser conscientes de su potencial negativo.


Nadie como Kafka ha llegado a entender ese nudo inextricable de bien y mal inherente a la literatura. Dijo que hubiera querido ser Amshel, tal como suena su nombre hebreo, es decir, arraigado en ese tejido de valores y afectos humanos, en esa plenitud vital y moral que para él representaba el judaísmo. Para él la literatura fue el camino de esa búsqueda de lo humano, pero le engatusó en esa búsqueda, a la que terminó por dedicarle toda su energía y su atención, perdiendo de vista la meta de tan embebido como estaba por el ansia de enfilar el camino adecuado. De ese modo, escribe Giuliano Baioni, no pudo llegar a ser Amshel, el hombre completo, y se convirtió en Franz Kafka, gran escritor justamente en tanto que hombre manco y culpable de su perfección literaria que era también mutilación humana. Pero sin Franz Kafka no sabríamos lo que significa ser Amshel, lo que significa esa vida que le faltó al escritor.


Desde el más grande de los libros, la Odisea, la literatura es un viaje por la vida. La literatura moderna no es un viaje por mar, sino a través del polvo y la desolación, como el de don Quijote; a través del desierto, hacia una Tierra Prometida en la que, como Moisés, no llegaremos nunca a poner un pie. Ninguna religión, ninguna filosofía o política que proclame haber llegado ya a la Tierra Prometida o estar próxima a llegar, con todos sus seguidores detrás, puede enrolar en sus filas a la literatura. La literatura, el arte, indican sin embargo el camino hacia la Tierra Prometida, la dirección adecuada. Es comprensible que se expulse a los poetas de la República, como inmigrantes furtivos y clandestinos. Pero estos vagabundos, como los nómadas del desierto, son guías que indican las pistas para atravesarlo.


1996



En Utopía y desencanto
Traducción: J.A. González Sainz
Imagen: © Thomas Laisné-Corbis



Fernando Romero
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