viernes, 7 de febrero de 2014

La existencia y el descubrimiento de la belleza*

Yasunari Kawabata: Yasunari Kawabata: La existencia y el descubrimiento de la belleza*






Estaba hospedado en el Kahala Hilton Hotel desde hacía dos meses y me preguntaba cuántas veces me había impresionado, en la mañana, la belleza del conjunto de vasos brillantes a la luz del sol matutino, colocados sobre una mesa larga en una esquina de la terraza que daba a la playa. No he visto nunca vasos de brillo tan fulgurante, ni en Niza o Cannes en la costa sur de Francia, ni en la playa de la península de Sorrento, al sur de Italia, donde el sol brilla igualmente y el color del mar es también vívido. Es probable que retenga en mi corazón, durante el resto de mi vida, la imagen del sol matutino reflejado en los vasos de la terraza del Hotel Kahala como emblema de este Hawai reputado como la tierra del eterno verano, o como símbolo de la brillantez del sol de Honolulú, de la luz del cielo, del color del mar y el verdor de los árboles.

Todos estos vasos están alineados cuidadosamente en perfecto orden como si se aprestaran a iniciar la marcha, pero todos están boca abajo; algunos agrupados de dos en dos o de tres en tres; algunos son grandes y otros pequeños, y se hallan tan apiñados que sus superficies se topan. Esto no significa que toda la superficie de estos vasos brille con el sol matutino, pues sólo los bordes inferiores mismos emiten una luz blanca, fulgente, y relumbran como brillantes. Me pregunto cuántos vasos habrá —quizá doscientos o trescientos. No todos sus bordes resplandecen de la misma forma pero la mayoría de los vasos emiten la luz de estrellas fulgurantes en los mismos lugares de sus bordes. De tal manera que el desfile de vasos crea líneas netas de puntos brillantes de luz.

Mientras miraba fijamente los bordes brillantes de estos vasos, empecé a notar que la luz del sol matutino también se posaba en un determinado lugar al costado de cada vaso. Éste no era un fulgor intenso como el de los bordes sino, más bien, una luz suave y desmayada. Quizá la palabra «desmayada» (honoka) en el sentido japonés del término se aplique a este caso, pero la luz de los costados de los vasos, a diferencia de la de los bordes que fulguraba en ciertos puntos, se dispersaba suavemente sobre la superficie redondeada de los mismos. Cada una de estas dos clases de luz, a su manera, era de una belleza pura extremada. La razón puede haber sido el espléndido y brillante sol de Hawai y la refrescante y clara atmósfera. Después de descubrir y sentir este tipo de luz del sol matutino sobre los vasos colocados en la mesa, miré a mi alrededor en el restaurante de la terraza como para descansar la vista y noté que sobre la superficie de los vasos colocados en las mesas listas para los comensales y llenos de agua con hielo, e igualmente en el agua y hielo de los mismos también brillaba y se movía el sol matutino, produciendo una sutil y variada oscilación. Esta luz era de tal naturaleza que uno no la notaría a menos que se le prestara atención, pero también creaba una belleza pura.

Algunos pensarán que no sólo en la playa de Honolulú brillan tan bellamente los vasos a la luz del sol matutino. Quizá también en las playas del sur de Francia o en las del sur de Italia, o aun en la costa sur del Japón el espléndido sol pueda moverse brillantemente sobre la superficie de vasos tal como lo hace en el restaurante del Kahala Hilton Hotel. Además, en lugar de encontrar un símbolo vívido del esplendor del sol de Honolulú, de la luz del cielo, del color del mar y del verdor de los árboles en cosas tan comunes e insignificantes como son los vasos, podría yo, por supuesto, haber encontrado un número de cosas sorprendentes, difíciles de hallar en otro lugar, para simbolizar la belleza de Hawai. Existe, sin lugar a dudas, la belleza de diversas flores de matices brillantes, de gráciles árboles de follaje lujuriante y también vistas tan extrañas como, por ejemplo, un arco iris vertical que aparece cuando llueve sólo en un lugar en el mar abierto, espectáculo que aún no he tenido la suerte de ver, o un arco iris circular que rodea a la luna como un halo.

Y, sin embargo, descubrí, por medio de la luz matinal, la belleza de los vasos en un restaurante. Vi esta belleza con toda claridad. Me encontré con ella, por primera vez. Pensé que nunca la había visto hasta ese momento. ¿No es precisamente este tipo de encuentro la esencia misma de la literatura y también de la vida humana? Si digo esto, ¿estoy yendo muy lejos, estoy exagerando mucho? Quizá sea así, pero también quizá no. En mis setenta años de vida es aquí donde por primera vez descubrí y fui consciente de esta suerte de luz que producen los vasos.

Con toda seguridad el personal del hotel no colocó esos vasos con la intención de que refulgieran y produjeran ese efecto estético. Seguramente, ellos tampoco sabían que yo los consideraba bellos. Además, cuanto yo mismo más persisto en la contemplación de esta belleza y, cogido en el hábito mental de preguntarme cómo aparecerán esos vasos en una mañana determinada, procedo a mirarlos en forma demasiado intencionada, me doy cuenta de que todo se ha echado a perder. Por cierto, noto muchos detalles más. Afirmé que en un punto del borde inferior de cada uno de los vasos había una estrella fulgurante, pero luego, al mirarlos repetidas veces, vi que, según la hora y el ángulo de visión, había no sólo una estrella de luz en cada uno sino, más bien, muchas. Igualmente, había estrellas de luz no sólo en los bordes inferiores de los vasos sino también en los costados. ¿Significa esto que yo había cometido un error de observación o que estaba equivocado al considerar que sólo había una estrella en el borde inferior de cada vaso? No. A veces había sólo una estrella. El resplandor de muchas estrellas puede parecer más bello que el de una sola, pero, en lo que me concierne, la belleza que percibí la primera vez que vi sólo una estrella es mucho mayor. Sin duda, esto es verdad tanto en la literatura como en la vida.

No obstante, aunque se suponía que empezara mi charla con una referencia aLa historia de Genji, he comenzado a hablar sobre unos vasos en un restaurante. Sin embargo, aun cuando he estado hablando de vasos, siempre, tenía en mente La historia de Genji. Esto es verdad, aunque algunos no comprendan lo que digo o yo no pueda lograr que me crean. Además, he hablado demasiado y tediosamente acerca de estos vasos. Esto también es un signo de la crudeza de mi literatura y mi vida, y muy característico en mí. Por tanto, hubiera sido realmente mejor si hubiera empezado con La historia de Genji. Hubiera sido mejor si yo hubiera captado el resplandor de los vasos en unas pocas palabras: en un haiku de diecisiete sílabas o en una tankade treinta y una sílabas. Pero también tenía el deseo intenso de plasmar ahora, con mis propias palabras, mi descubrimiento y experiencia de la belleza de unos vasos resplandeciendo a la luz matinal. Por cierto, puede muy bien haber una belleza similar a la de los vasos en cualquier otro lugar, en otra tierra o en otro tiempo y, sin embargo, ¿no podría ser también cierto que en otra tierra y en otro tiempo quizá no haya una belleza precisamente como ésta? Por lo menos, como yo no la había visto hasta ahora, quizá podría decir que era «un encuentro único en mi vida» (ichigo ichie).

Me he enterado de japoneses que componen haikus aquí en Hawai sobre la belleza de un arco iris que se eleva verticalmente en un punto, en alta mar, o de un arco iris circular que rodea a la luna como un halo. Parece que en Hawai también ha habido el proyecto de compilar un saijiki (clasificación de haikus por temas referentes a las estaciones), y que estos dos extraños arco iris estarían clasificados bajo el rubro de verano. Parece que se refieren a ellos, por el momento, como «lluvia en el mar» (oki no ame) y «arco iris nocturno» (yoru no niji), pero tal vez haya términos más apropiados. He oído que en Hawai también existe el tema de «verde invernal» (fuyu midori). Cuando me enteré de esto, me vino el recuerdo de un haiku que compuse para mi placer:

todo es verde

y mientras permanece verde

el año pasado se vuelve este año

[…] El «kozo kotoshi» [el año pasado (se vuelve) este año] del haiku sobre el «verde invernal» es un tema de estación para el año nuevo y significa simplemente que reflexionamos sobre el año viejo que acaba de pasar y que recibimos el año nuevo con esperanza, pero el motivo por el cual usé dicha frase fue que tenía en mente un haiku de Takahama Kyoshi (1874-1959):

el año pasado se vuelve este año…

algo como

una varilla penetrante

El hogar de este gran poeta está situado cerca de Kamakura, y cuando después de la guerra escribí un elogio del cuento de Kyoshi «Niji» (El arco iris), me sentí abrumado al ver aparecer en mi puerta a este venerablesensei solo. Había venido a agradecerme. Por cierto, estaba vestido con hakama formal y kimono, pero también calzaba la geta alta, y me sorprendió ver que llevaba untansaku (una larga hoja de papel que se usa para escribir poemas) a la espalda, que sostenía enhiesto, en forma ligeramente diagonal, y que sobresalía detrás de su cuello. En este tansaku había escrito su propio haiku para ofrecérmelo. Ésta era la primera vez que me enteraba de tal práctica entre poetas de haiku.

En la estación de tren de Kamakura, desde fin de año hasta después de año nuevo, existe la costumbre de pegar los tanka y haiku escritos por los poetas que viven en la ciudad y, un año a fines de diciembre, me conmovió ver el verso kozo kotoshi (el año pasado, este año) pegado en la estación. Me sorprendió e impresionó profundamente el verso tsuranuku bô no gotoki mono (algo como una varilla penetrante). Es una expresión tan extraordinaria que me sentí como si hubiera sido acometido por el atronador grito Zen de katsu (grito que barre de la mente todo pensamiento dualístico y egocéntrico). A propósito, de acuerdo a la cronología de Kyoshi, este haiku en particular fue compuesto en 1950.

Aunque Kyoshi, famoso como editor de la revista literariaHototogisu (El cuclillo) parece haber compuesto un buen número de poemas serenos, libre o casualmente, como si estuviera conversando o hablándose a sí mismo; también, algunos de sus haikus son incomparablemente grandes, pasmosos, sublimes y profundos:

Aunque decimos que es

una peonía blanca,

hay un leve rastro carmesí

¿No hay aún

un cierto no sé qué

en un crisantemo marchito?

Un leve

aroma en el cielo…

el amable clima de otoño

El año

simplemente pasa

¡Oh, tan silenciosamente!

El último haiku que comienza con toshi wa tada (el año simplemente) se parece en cierta forma al poema kozo kotoshi (el año pasado, este año). Recuerdo que en un ensayo para un año nuevo cité el haiku de Rankô:

Es el día de año nuevo…

y con este espíritu

quiero habitar en el mundo

Un amigo me pidió que escribiera este haiku formalmente como un kakemonode año nuevo. Según como se interprete, se lo puede considerar simple o elevado, popular o puro, pero como temía que pudiera achacársele un sentido didáctico rutinario, dudé en escribir sólo éste y añadí otros […]:

¡Qué bello!

El cielo en la noche

del último día del año

(Issa)

En el cielo del día de año nuevo…

una fantasía

de mil cigüeñas danzantes

(Yasunari)

Por cierto que mi propio haiku no era sino un extravagante apéndice escrito como una atención para mi amigo.

Conocía el haiku de Kobayashi Issa (1763-1827) al encontrarlo en una tienda de antigüedades en Kamakura, escrito por el mismo Issa en unkakemono. Aún no he investigado dónde y cuándo fue escrito, si después del regreso a su hogar en Kashiwabara en las márgenes del lago Nojiri —que está en el límite entre el nevoso Echigo y Shinano y al pie de las montañas Togakushi, Izuna y Myôkô—; a la sazón el cielo nocturno era alto y extremadamente claro, como si se hubiera congelado, y podemos pensar que lucía innumerables estrellas que parecían caer en brillantes cascadas. También debemos recordar que su tierra podría ser el lugar descrito en un famoso haiku:

¿Es ésta después de todo

mi última morada?

Cinco pies de nieve.

Además, era medianoche, el último día del año. Por lo tanto, en las comunes palabras utsukushi ya(¡Qué bello!), Issa descubrió y creó una gran belleza.

También en la atrevida e incomparable expresión de Kyoshi que la persona promedio nunca podrá entender, es decir «algo como una varilla penetrante» ¿no hay profundidad y grandeza y fuerza? Aun en un haiku como el que comienza con toshi wa tada (el año simplemente) es difícil para un poeta usar una expresión comomokumoku to shite(¡Oh, tan silenciosamente!). Sin embargo, en El libro de la almohada de Sei Shônagon (las fechas de su nacimiento y muerte son inciertas pero probablemente vivió entre 996 y 1016 —fecha del último documento que la menciona) se encuentra el siguiente pasaje: 

Cosas que simplemente pasan: un velero; los años en la vida de una persona; la primavera, el verano, el otoño y el invierno.

El haiku de Kyoshi «el año simplemente pasa ¡oh, tan silenciosamente!» me recordó el pasaje deEl libro de la almohada intitulado «Cosas que simplemente pasan». Ambos, Sei Shônagon y Kyoshi hacen que la palabratada (simplemente) cobre vida. Quizá con una distancia en el tiempo de 950 años, el sentido y significado de la palabra puede diferir en algo, pero pienso que la diferencia es leve. Por cierto que Kyoshi probablemente había leído El libro de la almohada, pero cuando escribió su poema no sé si tenía el pasaje «cosas que simplemente pasan» en mente y lo estaba usando como una alusión elegante ohonkadori. Aunque lo hubiera usado en esa forma, ciertamente eso no dañaba su propio haiku. Además, podemos pensar que Kyoshi hizo que la palabratada (simplemente) cobrara más vida que la que le había dado Sei Shônagon.

[…] Escribo principalmente novelas pero me pregunto si la novela es todavía la forma literaria o artística más adecuada a la época y, también, si la era de la novela y hasta de la literatura misma no estará llegando a su fin. Aun cuando observo la novela occidental moderna, me entran dudas al respecto. En el Japón, casi un siglo después de la importación de literatura occidental, nada ha alcanzado las alturas del tipo de literatura japonesa representado por Murasaki Shikibu del periodo Heian o por Bashô del periodo Tokugawa, y la literatura está probablemente declinando y debilitándose. […] Aun después de comienzos del periodo Meiji, en 1868, aparecieron grandes hombres de letras al mismo tiempo que el surgimiento del Japón moderno, pero aquéllos, en su juventud, tuvieron que emplear su tiempo y energía en el estudio e introducción de la literatura occidental. Entonces, tiendo a pensar que fueron víctimas de su época. Fueron diferentes a Bashô, quien dijo:

Sin conocer lo inmutable no se pueden construir los cimientos, y sin conocer lo mudable el estilo no puede renovarse.

Bashô estaba viviendo en una época cuyo destino era favorable al florecimiento y desarrollo de su talento. Era respetado y admirado por muchos distinguidos discípulos y reconocido y adorado por el mundo. Sin embargo, aun él frecuentemente hacía declaraciones como cuando se disponía a realizar un viaje sobre el que escribió enSendas de Oku:

Moriré en el camino. Éste el destino que el cielo me ha dispensado.

y durante su último viaje escribió:

Por este camino

nadie pasa…

tarde de otoño

Avanzado el otoño…

y mi vecino,

¿qué estará haciendo?

Su poema premonitorio compuesto durante su último viaje dice así:

Enfermo en un viaje

mis sueños vagan

por desolados campos

[…] La nueva línea de Tokaido bien puede tener los trenes más rápidos del mundo pero a esa velocidad se pierde enormemente el efecto encantador del paisaje visto desde el tren. Por ejemplo, como en el caso de las plantaciones de té de la Prefectura de Shizuoka, desde la ventana del tren de la vieja línea, a la velocidad de antaño, había varias vistas que me llamaban la atención e invitaban a la reflexión. Entre ellas, la que me dio la Impresión más vívida y me conmovió más profundamente era el paisaje de la región Ômi, a medida que el tren de Tokio ingresaba a la Prefectura de Shiga.

Lamentamos la partida

de la primavera

junto con los hombres de Ômi

Éste es el Ômi que Bashô mencionó en el haiku que acabo de citar. Cada vez que voy a la región de Ômi en primavera siempre recuerdo este haiku, y como mis propios sentimientos también parecen estar inmersos en este poema, me asombra el descubrimiento de la belleza por parte de Bashô.

No obstante, he estado interpretando este poema en forma muy arbitraria. La gente a menudo encara la poesía que le gusta (o aun la novela), la asimila completamente y la aprecia a su manera. De hecho, en la apreciación de las obras literarias, es corriente no preocuparse de la intención del autor, el origen de la obra o los estudios y discusiones de eruditos y críticos, o evitarlos e ignorarlos. Cuando el autor deja de lado su pincel de escribir, la obra ingresa al lector con vida propia. Está en manos del lector que va a su encuentro mantenerla viva o asesinarla y el autor no puede hacer nada al respecto. En cuanto a la declaración de Bashô a ese efecto: «Cuando se retira algo de la mesa del escritor esto se convierte en basura», el significado de esa frase al momento de escribirla Bashô y el que yo le he dado al citarla aquí difieren considerablemente.

Por cierto que Bashô no fue a Ômi en tren, pero parece que este poema no fue escrito cuando se dirigió a Ômi caminando por la vieja carretera de Tokaido sino más bien cuando llegó a Ôtsu en Ômi desde Iga. En La capa pluvial de paja del mono hay unkotobagaki (prefacio en prosa) al poema en chino: «mirando las aguas del lago (Biwa) y lamentando la partida de la primavera» y me parece que había otrokotobagaki de puño y letra de Bashô que dice así: «Navegamos en un bote en Karasaki, Shiga, y la gente (de allí) habló de los vestigios de la primavera». Además, parecería que Bashô tuviera alguna relación personal con los «hombres» sobre los que escribió la frase «los hombres de Ômi». Sin embargo, si cito del trabajo crítico de Yamamoto Kenkichi sólo el pasaje que me interesa ahora, sería el siguiente:

Con respecto a este haiku, existe la siguiente historia en el Kyorai-shô (Conversaciones con Kyorai) [Mukai Kyorai, 1651-1704]: «El maestro (Bashô) dijo: “Shôkaku [Essa Shôkaku, 1650-1722] ha manifestado que el nombre del lugar denominado Ômi bien podría haber sido Tamba y la época del año —el fin de la primavera— podría haber sido el fin del año. ¿Cómo reacciona usted ante esto?”. Kyorai contestó: “La crítica de Shôkaku no se justifica. Las brumosas aguas del lago hacen de Ômi el lugar apropiado para lamentar la partida de la primavera. De hecho fue así el día en que se escribió el poema”. El maestro dijo: “Tiene usted razón. El amor a la primavera que sentían los antiguos pobladores de esta provincia no era de ningún modo inferior al de los de la capital”. Kyorai respondió: “Estas palabras suyas tocan mi corazón. Si uno se encuentra en Ômi a fin de año, ¿cómo puede surgir este sentimiento? O si uno está en Tamba a fines de la primavera, por cierto que no se sentirá lo mismo. Cuán cierto es aquello de que determinado paisaje en un determinado momento conmueve a los hombres”. El maestro: “Usted, Kyorai, es una persona con quien puedo hablar sobre lo elegante”, y se sintió especialmente complacido».

También en Fukuru nikki (Diario de la lechuza) de Kagami Shikô (1665-1731), bajo el rubro correspondiente al 12 de julio de 1698, de acuerdo al calendario lunar, en la sección «Conversaciones vespertinas en el pabellón de las peonías», se encuentra el mismo pasaje, y Shikô cita las siguientes palabras finales de Kyorai en este episodio:

Lo elegante es lo que surge en circunstancias particulares.

Y Shikô mismo declara:

Los hechos de las circunstancias particulares son cosas que uno debe conocer.

Al descubrir lo elegante, es decir la belleza que existe, al sentir la belleza que uno ha descubierto y hasta al crear la belleza que uno ha sentido, «las circunstancias particulares» de «aquello que existe naturalmente en esas circunstancias» son muy importantes y aun podemos decir que son la gracia del cielo; además, si podemos «saber» que esas circunstancias particulares son realmente ellas, entonces podemos decir que esto es un don del dios de la belleza. Puede parecer sólo un simple haiku que trata del lamento por la partida de la primavera con la gente de Ômi, pero de hecho el lugar es Ômi y la época del año es «la primavera que parte» y en ello yace el descubrimiento y la experiencia de la belleza por parte de Bashô. En otro lugar como Tamba, por ejemplo, y en otra época como «el año que termina», no se experimentaría la emoción profunda que emana de este poema.

*Extractos del ensayo leído en la Universidad de Hawai, 12 y 16 de mayo de 1969 
Yasunari Kawabata, 1969. 
Traducción: Ilia Sologuren 
Foto: Yousuf Karsh, 1969
 existencia y el descubrimiento de la belleza*






Estaba hospedado en el Kahala Hilton Hotel desde hacía dos meses y me preguntaba cuántas veces me había impresionado, en la mañana, la belleza del conjunto de vasos brillantes a la luz del sol matutino, colocados sobre una mesa larga en una esquina de la terraza que daba a la playa. No he visto nunca vasos de brillo tan fulgurante, ni en Niza o Cannes en la costa sur de Francia, ni en la playa de la península de Sorrento, al sur de Italia, donde el sol brilla igualmente y el color del mar es también vívido. Es probable que retenga en mi corazón, durante el resto de mi vida, la imagen del sol matutino reflejado en los vasos de la terraza del Hotel Kahala como emblema de este Hawai reputado como la tierra del eterno verano, o como símbolo de la brillantez del sol de Honolulú, de la luz del cielo, del color del mar y el verdor de los árboles.

Todos estos vasos están alineados cuidadosamente en perfecto orden como si se aprestaran a iniciar la marcha, pero todos están boca abajo; algunos agrupados de dos en dos o de tres en tres; algunos son grandes y otros pequeños, y se hallan tan apiñados que sus superficies se topan. Esto no significa que toda la superficie de estos vasos brille con el sol matutino, pues sólo los bordes inferiores mismos emiten una luz blanca, fulgente, y relumbran como brillantes. Me pregunto cuántos vasos habrá —quizá doscientos o trescientos. No todos sus bordes resplandecen de la misma forma pero la mayoría de los vasos emiten la luz de estrellas fulgurantes en los mismos lugares de sus bordes. De tal manera que el desfile de vasos crea líneas netas de puntos brillantes de luz.

Mientras miraba fijamente los bordes brillantes de estos vasos, empecé a notar que la luz del sol matutino también se posaba en un determinado lugar al costado de cada vaso. Éste no era un fulgor intenso como el de los bordes sino, más bien, una luz suave y desmayada. Quizá la palabra «desmayada» (honoka) en el sentido japonés del término se aplique a este caso, pero la luz de los costados de los vasos, a diferencia de la de los bordes que fulguraba en ciertos puntos, se dispersaba suavemente sobre la superficie redondeada de los mismos. Cada una de estas dos clases de luz, a su manera, era de una belleza pura extremada. La razón puede haber sido el espléndido y brillante sol de Hawai y la refrescante y clara atmósfera. Después de descubrir y sentir este tipo de luz del sol matutino sobre los vasos colocados en la mesa, miré a mi alrededor en el restaurante de la terraza como para descansar la vista y noté que sobre la superficie de los vasos colocados en las mesas listas para los comensales y llenos de agua con hielo, e igualmente en el agua y hielo de los mismos también brillaba y se movía el sol matutino, produciendo una sutil y variada oscilación. Esta luz era de tal naturaleza que uno no la notaría a menos que se le prestara atención, pero también creaba una belleza pura.

Algunos pensarán que no sólo en la playa de Honolulú brillan tan bellamente los vasos a la luz del sol matutino. Quizá también en las playas del sur de Francia o en las del sur de Italia, o aun en la costa sur del Japón el espléndido sol pueda moverse brillantemente sobre la superficie de vasos tal como lo hace en el restaurante del Kahala Hilton Hotel. Además, en lugar de encontrar un símbolo vívido del esplendor del sol de Honolulú, de la luz del cielo, del color del mar y del verdor de los árboles en cosas tan comunes e insignificantes como son los vasos, podría yo, por supuesto, haber encontrado un número de cosas sorprendentes, difíciles de hallar en otro lugar, para simbolizar la belleza de Hawai. Existe, sin lugar a dudas, la belleza de diversas flores de matices brillantes, de gráciles árboles de follaje lujuriante y también vistas tan extrañas como, por ejemplo, un arco iris vertical que aparece cuando llueve sólo en un lugar en el mar abierto, espectáculo que aún no he tenido la suerte de ver, o un arco iris circular que rodea a la luna como un halo.

Y, sin embargo, descubrí, por medio de la luz matinal, la belleza de los vasos en un restaurante. Vi esta belleza con toda claridad. Me encontré con ella, por primera vez. Pensé que nunca la había visto hasta ese momento. ¿No es precisamente este tipo de encuentro la esencia misma de la literatura y también de la vida humana? Si digo esto, ¿estoy yendo muy lejos, estoy exagerando mucho? Quizá sea así, pero también quizá no. En mis setenta años de vida es aquí donde por primera vez descubrí y fui consciente de esta suerte de luz que producen los vasos.

Con toda seguridad el personal del hotel no colocó esos vasos con la intención de que refulgieran y produjeran ese efecto estético. Seguramente, ellos tampoco sabían que yo los consideraba bellos. Además, cuanto yo mismo más persisto en la contemplación de esta belleza y, cogido en el hábito mental de preguntarme cómo aparecerán esos vasos en una mañana determinada, procedo a mirarlos en forma demasiado intencionada, me doy cuenta de que todo se ha echado a perder. Por cierto, noto muchos detalles más. Afirmé que en un punto del borde inferior de cada uno de los vasos había una estrella fulgurante, pero luego, al mirarlos repetidas veces, vi que, según la hora y el ángulo de visión, había no sólo una estrella de luz en cada uno sino, más bien, muchas. Igualmente, había estrellas de luz no sólo en los bordes inferiores de los vasos sino también en los costados. ¿Significa esto que yo había cometido un error de observación o que estaba equivocado al considerar que sólo había una estrella en el borde inferior de cada vaso? No. A veces había sólo una estrella. El resplandor de muchas estrellas puede parecer más bello que el de una sola, pero, en lo que me concierne, la belleza que percibí la primera vez que vi sólo una estrella es mucho mayor. Sin duda, esto es verdad tanto en la literatura como en la vida.

No obstante, aunque se suponía que empezara mi charla con una referencia aLa historia de Genji, he comenzado a hablar sobre unos vasos en un restaurante. Sin embargo, aun cuando he estado hablando de vasos, siempre, tenía en mente La historia de Genji. Esto es verdad, aunque algunos no comprendan lo que digo o yo no pueda lograr que me crean. Además, he hablado demasiado y tediosamente acerca de estos vasos. Esto también es un signo de la crudeza de mi literatura y mi vida, y muy característico en mí. Por tanto, hubiera sido realmente mejor si hubiera empezado con La historia de Genji. Hubiera sido mejor si yo hubiera captado el resplandor de los vasos en unas pocas palabras: en un haiku de diecisiete sílabas o en una tankade treinta y una sílabas. Pero también tenía el deseo intenso de plasmar ahora, con mis propias palabras, mi descubrimiento y experiencia de la belleza de unos vasos resplandeciendo a la luz matinal. Por cierto, puede muy bien haber una belleza similar a la de los vasos en cualquier otro lugar, en otra tierra o en otro tiempo y, sin embargo, ¿no podría ser también cierto que en otra tierra y en otro tiempo quizá no haya una belleza precisamente como ésta? Por lo menos, como yo no la había visto hasta ahora, quizá podría decir que era «un encuentro único en mi vida» (ichigo ichie).

Me he enterado de japoneses que componen haikus aquí en Hawai sobre la belleza de un arco iris que se eleva verticalmente en un punto, en alta mar, o de un arco iris circular que rodea a la luna como un halo. Parece que en Hawai también ha habido el proyecto de compilar un saijiki (clasificación de haikus por temas referentes a las estaciones), y que estos dos extraños arco iris estarían clasificados bajo el rubro de verano. Parece que se refieren a ellos, por el momento, como «lluvia en el mar» (oki no ame) y «arco iris nocturno» (yoru no niji), pero tal vez haya términos más apropiados. He oído que en Hawai también existe el tema de «verde invernal» (fuyu midori). Cuando me enteré de esto, me vino el recuerdo de un haiku que compuse para mi placer:

todo es verde

y mientras permanece verde

el año pasado se vuelve este año

[…] El «kozo kotoshi» [el año pasado (se vuelve) este año] del haiku sobre el «verde invernal» es un tema de estación para el año nuevo y significa simplemente que reflexionamos sobre el año viejo que acaba de pasar y que recibimos el año nuevo con esperanza, pero el motivo por el cual usé dicha frase fue que tenía en mente un haiku de Takahama Kyoshi (1874-1959):

el año pasado se vuelve este año…

algo como

una varilla penetrante

El hogar de este gran poeta está situado cerca de Kamakura, y cuando después de la guerra escribí un elogio del cuento de Kyoshi «Niji» (El arco iris), me sentí abrumado al ver aparecer en mi puerta a este venerablesensei solo. Había venido a agradecerme. Por cierto, estaba vestido con hakama formal y kimono, pero también calzaba la geta alta, y me sorprendió ver que llevaba untansaku (una larga hoja de papel que se usa para escribir poemas) a la espalda, que sostenía enhiesto, en forma ligeramente diagonal, y que sobresalía detrás de su cuello. En este tansaku había escrito su propio haiku para ofrecérmelo. Ésta era la primera vez que me enteraba de tal práctica entre poetas de haiku.

En la estación de tren de Kamakura, desde fin de año hasta después de año nuevo, existe la costumbre de pegar los tanka y haiku escritos por los poetas que viven en la ciudad y, un año a fines de diciembre, me conmovió ver el verso kozo kotoshi (el año pasado, este año) pegado en la estación. Me sorprendió e impresionó profundamente el verso tsuranuku bô no gotoki mono (algo como una varilla penetrante). Es una expresión tan extraordinaria que me sentí como si hubiera sido acometido por el atronador grito Zen de katsu (grito que barre de la mente todo pensamiento dualístico y egocéntrico). A propósito, de acuerdo a la cronología de Kyoshi, este haiku en particular fue compuesto en 1950.

Aunque Kyoshi, famoso como editor de la revista literariaHototogisu (El cuclillo) parece haber compuesto un buen número de poemas serenos, libre o casualmente, como si estuviera conversando o hablándose a sí mismo; también, algunos de sus haikus son incomparablemente grandes, pasmosos, sublimes y profundos:

Aunque decimos que es

una peonía blanca,

hay un leve rastro carmesí

¿No hay aún

un cierto no sé qué

en un crisantemo marchito?

Un leve

aroma en el cielo…

el amable clima de otoño

El año

simplemente pasa

¡Oh, tan silenciosamente!

El último haiku que comienza con toshi wa tada (el año simplemente) se parece en cierta forma al poema kozo kotoshi (el año pasado, este año). Recuerdo que en un ensayo para un año nuevo cité el haiku de Rankô:

Es el día de año nuevo…

y con este espíritu

quiero habitar en el mundo

Un amigo me pidió que escribiera este haiku formalmente como un kakemonode año nuevo. Según como se interprete, se lo puede considerar simple o elevado, popular o puro, pero como temía que pudiera achacársele un sentido didáctico rutinario, dudé en escribir sólo éste y añadí otros […]:

¡Qué bello!

El cielo en la noche

del último día del año

(Issa)

En el cielo del día de año nuevo…

una fantasía

de mil cigüeñas danzantes

(Yasunari)

Por cierto que mi propio haiku no era sino un extravagante apéndice escrito como una atención para mi amigo.

Conocía el haiku de Kobayashi Issa (1763-1827) al encontrarlo en una tienda de antigüedades en Kamakura, escrito por el mismo Issa en unkakemono. Aún no he investigado dónde y cuándo fue escrito, si después del regreso a su hogar en Kashiwabara en las márgenes del lago Nojiri —que está en el límite entre el nevoso Echigo y Shinano y al pie de las montañas Togakushi, Izuna y Myôkô—; a la sazón el cielo nocturno era alto y extremadamente claro, como si se hubiera congelado, y podemos pensar que lucía innumerables estrellas que parecían caer en brillantes cascadas. También debemos recordar que su tierra podría ser el lugar descrito en un famoso haiku:

¿Es ésta después de todo

mi última morada?

Cinco pies de nieve.

Además, era medianoche, el último día del año. Por lo tanto, en las comunes palabras utsukushi ya(¡Qué bello!), Issa descubrió y creó una gran belleza.

También en la atrevida e incomparable expresión de Kyoshi que la persona promedio nunca podrá entender, es decir «algo como una varilla penetrante» ¿no hay profundidad y grandeza y fuerza? Aun en un haiku como el que comienza con toshi wa tada (el año simplemente) es difícil para un poeta usar una expresión comomokumoku to shite(¡Oh, tan silenciosamente!). Sin embargo, en El libro de la almohada de Sei Shônagon (las fechas de su nacimiento y muerte son inciertas pero probablemente vivió entre 996 y 1016 —fecha del último documento que la menciona) se encuentra el siguiente pasaje: 

Cosas que simplemente pasan: un velero; los años en la vida de una persona; la primavera, el verano, el otoño y el invierno.

El haiku de Kyoshi «el año simplemente pasa ¡oh, tan silenciosamente!» me recordó el pasaje deEl libro de la almohada intitulado «Cosas que simplemente pasan». Ambos, Sei Shônagon y Kyoshi hacen que la palabratada (simplemente) cobre vida. Quizá con una distancia en el tiempo de 950 años, el sentido y significado de la palabra puede diferir en algo, pero pienso que la diferencia es leve. Por cierto que Kyoshi probablemente había leído El libro de la almohada, pero cuando escribió su poema no sé si tenía el pasaje «cosas que simplemente pasan» en mente y lo estaba usando como una alusión elegante ohonkadori. Aunque lo hubiera usado en esa forma, ciertamente eso no dañaba su propio haiku. Además, podemos pensar que Kyoshi hizo que la palabratada (simplemente) cobrara más vida que la que le había dado Sei Shônagon.

[…] Escribo principalmente novelas pero me pregunto si la novela es todavía la forma literaria o artística más adecuada a la época y, también, si la era de la novela y hasta de la literatura misma no estará llegando a su fin. Aun cuando observo la novela occidental moderna, me entran dudas al respecto. En el Japón, casi un siglo después de la importación de literatura occidental, nada ha alcanzado las alturas del tipo de literatura japonesa representado por Murasaki Shikibu del periodo Heian o por Bashô del periodo Tokugawa, y la literatura está probablemente declinando y debilitándose. […] Aun después de comienzos del periodo Meiji, en 1868, aparecieron grandes hombres de letras al mismo tiempo que el surgimiento del Japón moderno, pero aquéllos, en su juventud, tuvieron que emplear su tiempo y energía en el estudio e introducción de la literatura occidental. Entonces, tiendo a pensar que fueron víctimas de su época. Fueron diferentes a Bashô, quien dijo:

Sin conocer lo inmutable no se pueden construir los cimientos, y sin conocer lo mudable el estilo no puede renovarse.

Bashô estaba viviendo en una época cuyo destino era favorable al florecimiento y desarrollo de su talento. Era respetado y admirado por muchos distinguidos discípulos y reconocido y adorado por el mundo. Sin embargo, aun él frecuentemente hacía declaraciones como cuando se disponía a realizar un viaje sobre el que escribió enSendas de Oku:

Moriré en el camino. Éste el destino que el cielo me ha dispensado.

y durante su último viaje escribió:

Por este camino

nadie pasa…

tarde de otoño

Avanzado el otoño…

y mi vecino,

¿qué estará haciendo?

Su poema premonitorio compuesto durante su último viaje dice así:

Enfermo en un viaje

mis sueños vagan

por desolados campos

[…] La nueva línea de Tokaido bien puede tener los trenes más rápidos del mundo pero a esa velocidad se pierde enormemente el efecto encantador del paisaje visto desde el tren. Por ejemplo, como en el caso de las plantaciones de té de la Prefectura de Shizuoka, desde la ventana del tren de la vieja línea, a la velocidad de antaño, había varias vistas que me llamaban la atención e invitaban a la reflexión. Entre ellas, la que me dio la Impresión más vívida y me conmovió más profundamente era el paisaje de la región Ômi, a medida que el tren de Tokio ingresaba a la Prefectura de Shiga.

Lamentamos la partida

de la primavera

junto con los hombres de Ômi

Éste es el Ômi que Bashô mencionó en el haiku que acabo de citar. Cada vez que voy a la región de Ômi en primavera siempre recuerdo este haiku, y como mis propios sentimientos también parecen estar inmersos en este poema, me asombra el descubrimiento de la belleza por parte de Bashô.

No obstante, he estado interpretando este poema en forma muy arbitraria. La gente a menudo encara la poesía que le gusta (o aun la novela), la asimila completamente y la aprecia a su manera. De hecho, en la apreciación de las obras literarias, es corriente no preocuparse de la intención del autor, el origen de la obra o los estudios y discusiones de eruditos y críticos, o evitarlos e ignorarlos. Cuando el autor deja de lado su pincel de escribir, la obra ingresa al lector con vida propia. Está en manos del lector que va a su encuentro mantenerla viva o asesinarla y el autor no puede hacer nada al respecto. En cuanto a la declaración de Bashô a ese efecto: «Cuando se retira algo de la mesa del escritor esto se convierte en basura», el significado de esa frase al momento de escribirla Bashô y el que yo le he dado al citarla aquí difieren considerablemente.

Por cierto que Bashô no fue a Ômi en tren, pero parece que este poema no fue escrito cuando se dirigió a Ômi caminando por la vieja carretera de Tokaido sino más bien cuando llegó a Ôtsu en Ômi desde Iga. En La capa pluvial de paja del mono hay unkotobagaki (prefacio en prosa) al poema en chino: «mirando las aguas del lago (Biwa) y lamentando la partida de la primavera» y me parece que había otrokotobagaki de puño y letra de Bashô que dice así: «Navegamos en un bote en Karasaki, Shiga, y la gente (de allí) habló de los vestigios de la primavera». Además, parecería que Bashô tuviera alguna relación personal con los «hombres» sobre los que escribió la frase «los hombres de Ômi». Sin embargo, si cito del trabajo crítico de Yamamoto Kenkichi sólo el pasaje que me interesa ahora, sería el siguiente:

Con respecto a este haiku, existe la siguiente historia en el Kyorai-shô (Conversaciones con Kyorai) [Mukai Kyorai, 1651-1704]: «El maestro (Bashô) dijo: “Shôkaku [Essa Shôkaku, 1650-1722] ha manifestado que el nombre del lugar denominado Ômi bien podría haber sido Tamba y la época del año —el fin de la primavera— podría haber sido el fin del año. ¿Cómo reacciona usted ante esto?”. Kyorai contestó: “La crítica de Shôkaku no se justifica. Las brumosas aguas del lago hacen de Ômi el lugar apropiado para lamentar la partida de la primavera. De hecho fue así el día en que se escribió el poema”. El maestro dijo: “Tiene usted razón. El amor a la primavera que sentían los antiguos pobladores de esta provincia no era de ningún modo inferior al de los de la capital”. Kyorai respondió: “Estas palabras suyas tocan mi corazón. Si uno se encuentra en Ômi a fin de año, ¿cómo puede surgir este sentimiento? O si uno está en Tamba a fines de la primavera, por cierto que no se sentirá lo mismo. Cuán cierto es aquello de que determinado paisaje en un determinado momento conmueve a los hombres”. El maestro: “Usted, Kyorai, es una persona con quien puedo hablar sobre lo elegante”, y se sintió especialmente complacido».

También en Fukuru nikki (Diario de la lechuza) de Kagami Shikô (1665-1731), bajo el rubro correspondiente al 12 de julio de 1698, de acuerdo al calendario lunar, en la sección «Conversaciones vespertinas en el pabellón de las peonías», se encuentra el mismo pasaje, y Shikô cita las siguientes palabras finales de Kyorai en este episodio:

Lo elegante es lo que surge en circunstancias particulares.

Y Shikô mismo declara:

Los hechos de las circunstancias particulares son cosas que uno debe conocer.

Al descubrir lo elegante, es decir la belleza que existe, al sentir la belleza que uno ha descubierto y hasta al crear la belleza que uno ha sentido, «las circunstancias particulares» de «aquello que existe naturalmente en esas circunstancias» son muy importantes y aun podemos decir que son la gracia del cielo; además, si podemos «saber» que esas circunstancias particulares son realmente ellas, entonces podemos decir que esto es un don del dios de la belleza. Puede parecer sólo un simple haiku que trata del lamento por la partida de la primavera con la gente de Ômi, pero de hecho el lugar es Ômi y la época del año es «la primavera que parte» y en ello yace el descubrimiento y la experiencia de la belleza por parte de Bashô. En otro lugar como Tamba, por ejemplo, y en otra época como «el año que termina», no se experimentaría la emoción profunda que emana de este poema.

*Extractos del ensayo leído en la Universidad de Hawai, 12 y 16 de mayo de 1969 
Yasunari Kawabata, 1969. 
Traducción: Ilia Sologuren 
Foto: Yousuf Karsh, 1969

Yasunari Kawabata

Biografia de Yasunari Kawabata

Yasunari Kawabata
(Osaka, 1899 - Zushi, 1972) Escritor japonés que obtuvo el premio Nobel de Literatura en 1968 por su "pericia narrativa, capaz de expresar la idiosincracia japonesa con enorme sensibilidad". Fue sobre todo un refinado transmisor de atmósferas y emociones, que plasmó con un lenguaje de singular belleza lírica. Sus temas intimistas, a menudo amorosos, son exploraciones de la soledad y de las delicadas relaciones del individuo con los otros y con la naturaleza.
Yasunari Kawabata
Tuvo una infancia trágica, signada por la sucesiva muerte de sus familiares más próximos. Completamente solo en el mundo a partir de los quince años, "niño sin familia ni hogar", como se autodefinía, completó su educación en un internado y luego en la universidad imperial de Tokio, donde se licenció. Su temprana pasión literaria lo llevó a participar en grupos de vanguardia como el de los neosensacionistas, que oponían el lirismo y el impresionismo al realismo social de los escritores proletarios, y fue un activo impulsor de movimientos y revistas.
En 1925 publicó Diario íntimo de mi decimosexto cumpleaños, género muy frecuentado por los autores japoneses, pero su estilo cobró verdadera personalidad y madurez en los relatos de La bailarina de Izu (1926). Kawabata, cuya sensibilidad le permitía meterse como nadie en la piel de sus personajes femeninos; cultivó un tipo de novela breve, casi en miniatura, desgarrada y episódica. Su obra cumbre es quizá País de nieve (1937), que narra la relación entre una geisha que ha perdido la juventud y un insensible hombre de negocios tokiota.
Entre los títulos destacados de su producción figuran asimismoMil grullas (1951), El sonido de la montaña (1954), donde intenta recuperar parte de los valores desplazados ante la irrupción de la cultura norteamericana, El lago (1955), La casa de las bellas durmientes (1961), Kyoto (1962), y Lo bello y lo triste (1965); hacia el final de su carrera se centró casi exclusivamente en la ensayística y la crítica literaria.

Fue presidente del PEN Club japonés durante cuatro años y en 1959 le otorgaron en Frankfurt la medalla de Goethe. El 16 de abril de 1972, enfermo y deprimido, dolido sin duda por la muerte de su amigo Y. Mishima, que lo había definido como un "viajero perpetuo", Kawabata se suicidó en un pequeño apartamento a orillas del mar. Ese mismo año se publicaría póstumamente la biografía ficticia El maestro de Go.

" LUCHA POR TUS SUEÑOS "





Florece y prospera...

El Mejor Video de Motivacion para Emprendedores (Como ser Emprendedor)

el arranque de año en México ha sido diferente, salí de mi zona de comfort a la zona de aprendizaje, vamos jalando para adelante re inventando todo, se dice que cuando algo funciona no le muevas nada, pero cuando algo no funciona, se trata de hacer todo lo que se te ocurra, se que en otros países llevan mas años de dificultades y que nosotros estamos entrando, nuestro gobierno ha realizado cambios estructurales, lo que nos lleva a todos a hacer lo propio, cambios en nuestra forma de trabajar de hacer lo que día a día veníamos haciendo



hace años le metia mucho a este blog y creo que es tiempo de retomarlo con intensidad, como lo que siempre ha sido una bitácora de viaje, para volver en algún momento a entender cual fue la ruta



les comparto este video, español, muy interesante; es largo pero vale la inversión en tiempo.







¿Te atreves a soñar? adios a la zona de comfort!!

martes, 28 de enero de 2014

Un error perceptual

Un error perceptual

encontré este texto en un sitio llamado mensajesdeanimo.com como se vera estoy buscando lecturas positivas ante la inminente campaña de miedo y terror que "alguien" ha desatado en esta sociedad, por donde quiera que volteo escucho historias tristes caras desmotivadas, los que hace años no veia y quizá siempre ha estado ahí es la cantidad tan grande de personas pidiendo caridad en las calles, en lo semáforos,; cierto que no podemos negar una gran caridad de pobreza, pero no siempre el hecho de que la gente pida dinero es por que no tenga con que comer, eso será motivo de otra entradapor lo pronto comparto esta lectura que me parece muy atinada 

Hoy pensaba en que muchas veces, somos nosotros mismos los que ponemos obstáculos para que las cosas nos salgan bien o recibamos los resultados que esperamos. Cuando algo está saliéndonos bien, tenemos esa sombra de temor constante que nos hace esperar lo malo que va a ocurrir, porque “no todo puede ser tan bueno”. No sé bien de dónde salió esta idea, pero existe.
Es más, cuando algo nos resulta bien, lo atribuimos a la fortuna, a que el resto nos ayudó o a que en verdad no era tan difícil. Por el contrario, cuando algo no nos resulta asumimos TODA la responsabilidad y seríamos capaces de apostar que lo que nos ocurrió fue porque hicimos algo mal, nos equivocamos o tenemos algún defecto que provoca estos resultados. Esto se llama tener un error de atribución, pero para que lo entendamos mejor lo llamaremos error de percepción.
¿Alguna vez has visto esas imágenes que pueden ser dos cosas a la vez, como esa imagen de la mujer joven y la bruja en un mismo dibujo, o el de las escaleras que no se sabe si suben o bajan? Si nos damos cuenta, dependiendo de dónde fijemos la atención es lo que vamos a ver. Ahora, si así es tan fácil de entender y de ver, ¿por qué en nuestra vida es tan difícil en algunas oportunidades?
El error de percepción es más común de lo que creemos, se da en distintos ámbitos y hasta en las cosas más cotidianas. Por ejemplo, si toda la vida no nos hemos destacado en matemática y en algún momento damos con un cálculo mental rápido, atribuimos este resultado a que la operación matemática era fácil, a que igual nos demoramos y mil y una razones para no reconocer que tuvimos un porcentaje de la brillantez de Einstein. Por el contrario, cuando herimos a alguien con algo que decimos, tenemos una mala calificación o llegamos tarde a algún lugar, hacemos inferencias globales sobre nosotros mismos, como por ejemplo: “siempre daño a la gente que quiero”, “en todo me va mal”, “no importa cuánto me esfuerce, nunca llego a la hora”. Con todas esas afirmaciones lapidarias que hacemos de nosotros mismos, difícilmente vamos a dejar espacio para aceptar los cumplidos de los demás y mucho menos, para tener una visión positiva de nosotros mismos. Esto es lo que llamo tener un error perceptual. Lo que veo lo tergiverso con lo que ya sé, y no soy capaz de ver el objeto, situación o persona de la manera en que al menos la mayoría de la gente lo ve.
Cuando pienso en lo anterior, reflexiono en torno a la vida de aquellas personas que han sido capaces de cambiar la historia de un país, ciudad, o localidad; personas que han tenido “un algo” que las ha hecho especiales. Mi teoría, es que estas personasfueron capaces de verse a sí mismas con menos errores perceptuales que el resto de los mortales. Lo más probable es que cuando todo el mundo les gritaba “No” en el rostro, ellos no se lo tomaban a lo personal, no pensaban en que ellos tenían algo que invitaba a los demás a decirles que no. Tampoco pensaron que si una, dos, tres, cuatro, cinco personas les decía que no, la sexta también lo haría, por eso lo seguían intentando, hasta que lo consiguieron. Personas así deberían inspirarnos y desafiarnos a querer “ese algo” que ellos tienen y a luchar hasta lograrlo, sin importar cuánto cueste ni cuánto demore.
Si hay alguien para mí que es ejemplo de tener “ese algo” es Jesús. De él se dijo lo peor, se hizo lo peor y algunos pensaron que era el peor. Sin embargo, Jesús nunca se lo tomó a lo personal, es más, cuando ya estaba crucificado enuncia la popular oración: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”, nunca fue algo entre la gente y Él, siempre fue algo entre Él y su propósito en la tierra, y así lo vivió desde su nacimiento hasta su muerte. Jesús NUNCA tuvo un error de percepción, Él siempre tuvo claridad de quién era y de lo que era capaz de hacer, como tenía eso claro, cumplió su gran misión sin esperar nada  a cambio y sin pensar en que lo que le estaba pasando era producto de que no había sido lo suficientemente convincente como para hacerlos cambiar de opinión o que no había puesto todo de su parte para que creyeran que Él era el hijo de Dios hecho hombre. ¿Qué hizo Jesús? Perseveró. ¿Y qué hacemos nosotros cuando algo no nos resulta? Abandonamos.
Para lograr cambiar nuestros errores perceptuales, lo primero que tiene que pasar es que nos encontremos con nuestra misión en la vida, con lo que nos hace vibrar, con lo que apasiona nuestro corazón. Cuando eso pase, todo lo que ocurra a nuestro alrededor entrará en la categoría de “cosas que me acercan a mi sueño” y el error perceptual debería empezar a disminuir. Si no es así y seguimos teniéndolo, tal vez debemos dejar de escuchar a las personas equivocadas y empezar a escuchar la voz de Dios que nos dice que somos capaces de hacer las cosas mucho mejor de lo que nosotros mismos creemos y que Él formó hijos e hijascampeones, capaz de hacerlo todo…y MÁS.

Cada vez que el error perceptual venga a ti, pregúntate ¿Será tal como lo estoy pensando o tal vez estoy exagerando? ¿Qué me diría Jesús en este momento?. Te aseguro que por ese vía podrás hacer callar a ese “Pepe Grillo” que sabotea todo lo que haces e impide que salga de ti TODO el potencial con el que Dios te formó. Así que ¡ánimo! Es hora de reconectarte con tu verdadera genética, ¡LA DE UN CAMPEÓN!

Autora: Poly Toro
Escrito para www.mensajesdeanimo.com 

jueves, 20 de diciembre de 2012

Series, la mejor narrativa contemporanea, ¿será?

La semana pasada, en el taller de Ensayo que llevo los viernes, leímos a Guillermo Espinosa Estrada, me quedó la duda de quien es autor y buscando información sobre el y su obra encontré este ensayo que me pareció excelente, me identfico con su visión aunque no se cual sea mi "Vaticano para pretender ser Papa", si me llego a sentir uno mas en la barra



Sitcom: instantáneas para una familia feliz
Guillermo Espinosa Estrada | Número 06 | 18 de julio de 2011
a Ana, Natalia y Oriana,
con quienes viví una temporada

    La escena la hemos visto miles de veces.
Departamento.
Media tarde.
 De súbito, la puerta principal se abre para dejar entrar a una pareja de jóvenes ataviados con laUn sol otoñal entra por las ventanas de un loft decorado con muebles Ikea. Sofá color marfil, estantes repletos de libros, una cocina moderna completamente equipada, tal vez un piano. Mobiliario cuya neutralidad crea una atmósfera que sólo puedo calificar de utópica: lugar ideal o inexistente, pero al que siempre aspiramos. La panorámica sobre la gran urbe inmóvil es tan esplendorosa como envidiable y todo dentro de ese escenario resulta demasiado armónico. El orden que impera, incluso en el fingido desarreglo de la mesa de centro, inspira certidumbre, estabilidad, así como un espíritu de ocio y abundancia económica. 
No sabemos quién vive ahí pero podríamos ser nosotros, esa casa podría también ser nuestra misma uniformidad del apartamento. Actúan con fingida indignación, se reclaman, manotean, algo está ocurriendo entre ellos. No sabemos de qué se trata pero poco importa el motivo de la riña, lo importante es la riña en sí, la disonancia que se obtiene al contraponer lo ideal del escenario y los personajes con su absurda desavenencia. Es a partir de esta incongruencia básica que reaccionamos con la primera sonrisa, ya que nada, en ese paraíso, puede ser tan grave.
Crecí entre sitcoms y telenovelas. En pocas disciplinas puedo explayarme con tanta naturalidad como en la programación televisiva de los ochenta –aún recuerdo la barra vespertina de Imevisión y creo que mi vida sería más sencilla de no haber experimentado el magisterio de Ernesto Alonso–. Pero en casa teníamos también el privilegio de la antena parabólica. Horrenda, invasiva, con un dejo futurista del pasado, la parabólica no sólo era un ostentoso signo de estatus, era también un umbral para acceder a otra dimensión, a un mundo mejor allende nuestras fronteras. Para el niño que era, ese mundo estaba representado –antes que por la Estatua de la Libertad o el castillo de Disneylandia– por una extensa barra color maple de un bar en Boston, Massachusetts. Por cuestiones cronológicas pertenezco a la generación Friends (1994-2004), mis años de formación corrieron parejos a las peripecias de aquellos personajes con quienes, creo, comparto muchas aspiraciones, si bien no los mismos problemas. Pero, por una cierta precocidad que me domina, no me siento parte de ella. Ni siquiera de su antecedente, la generación Seinfeld (1989-1998), a la que muchos amigos míos quisieran adscribirse, aun sin derecho. En lo personal quisiera formar parte, aunque todos sus valores me sean distantes, de la generación Cheers (1982-1993).
Ahora mismo un historiador debe estar redactando en su cubículo The Rise and Fall of the American Family (1950-2000), basándose sólo en sitcoms. En medio siglo la curva es continua y descendente, así como la temática obsesiva. El concepto “familia” atraviesa la evolución del género para ser retratado, parodiado, diseccionado, una y otra vez, varias veces al día. Cual mural de Pompeya, la sitcom funciona como fresco de una cotidianidad inmóvil. Ahí están, frente a nosotros, las frustraciones y espiraciones del núcleo social básico, en una mimesis que dista mucho de ser ingenua. Al nacer con la urgencia ideológica de la Guerra Fría, la sitcom realizó, en un principio, propaganda de los valores y virtudes estadounidenses. La familia y el rol social que debían ocupar la mujer hogareña, el hombre trabajador y los muchachos rebeldes, ilustró –junto con la dosis decembrina de It’s a Wonderful Life– los ejes del American Dream: el suburbio como paraíso capitalista, el gadget como ética del consumidor, el multiculturalismo como proyecto de un melting pot tan lento como eficaz.
Tras la caída del Muro el modelo se gastó y fue necesario recurrir a su parodia. La familia disfuncional o electiva –con un marido que cambia de sexo, la madre adúltera e hijos con obesidad– conforma un sistema de sublimación comunitaria, un pharmakos que busca mantener un status quo ya insostenible. Pero después de todos estos años el subtexto no ha dejado de ser el mismo: la familia de clase media, la familia típica, tradicional, aunque ahora el acercamiento se haga en negativo, en sus posibles desviaciones. Por eso todas las tardes la familia Simpson se apresura a ocupar su sillón y ver The Simpsons. Es a través del show que se cumplen y manifiestan las corrupciones privadas que, de no ser contenidas mediáticamente, destruirían el tejido social.
Imagino a un Quijote contemporáneo que va por la vida esperando que todos a su alrededor se comporten como personajes de sitcom.
Después de una solitaria y prolongada convalecencia, en la sala de un hospital donde sólo funciona el canal Warner, nuestro personaje y un Sancho amigo –joven afanador con aspiraciones a enfermero– intiman en una desangelada Noche Buena. En la madrugada, después de un patético abrazo y el “Feliz Navidad” de rigor, el primero convence al segundo de lo provechoso de su empresa: “Salgamos a recorrer el mundo –le dice– en busca de una familia que se encuentre con nosotros en estos días. Sólo de esa manera podremos tener una vida realmente feliz”. Si bien el escenario natural sería Nueva York, San Francisco o cualquier otra urbe cosmopolita, todo resultaría más hilarante en Ciudad de México u otra capital del Tercer Mundo. Sí, eso es, nuestro personaje y su fiel escudero se propondrán arribar del D. F. a la Gran Manzana haciendo auto-stop, en un intento por conocer a los personajes de sus sitcoms favoritas o para conformar con sus vidas una de ellas. Camioneros, campesinos, recepcionistas de baratos moteles, polleros, traficantes, policías federales y agentes de la migra serían los individuos que con su desencarnado realismo se nieguen, al menos en un primer momento, a responder a la amistosa prédica de nuestros personajes que sólo desean formar parte de una familia. ¿Llegarán algún día a Nueva York? Tal vez sólo para observar desde el parque la caída de sus ilusiones junto con el World Trade Center.
Yo también hice mi peregrinaje.
Destino: el 84 de Beacon St., en Boston, Massachusetts, al lugar where everybody knows your name.
Llegué en el verano del 2002, con veintitrés años de edad y unas aspiraciones que no cabían en la maleta. Becado, proveniente de París y enamorado de una mujer excepcional, el mundo parecía estar rendido a mis pies y poco esfuerzo me había costado lograr semejante victoria. El calor era sofocante, la gente un poco hostil, pero tanto ellos como los elementos, pensaba, terminarían doblegándose ante lo inabarcable de mi talento. Nos establecimos en Back Bay, el barrio más lindo de la ciudad, en un one bedroom con mala cañería y ratones, en uno de esos típicos edificios de Nueva Inglaterra. El Prudential Building con el John Hancock a su costado –los dos rascacielos que dominan el paisaje– eran la postal con la que me despertaba todas las mañanas, después de que Mofeta y Capuchino se metían olisqueando debajo de las sábanas, obligándonos a salir.
Recuerdo vivamente mi primer cóctel. Una reunión organizada para estudiantes nuevos y perfil sobresaliente que se desarrolló en una especie de castillo victoriano, tal como aparecen en películas del tipo Dead Poets Society. Todavía no conocía a nadie en la ciudad, mucho menos en la tertulia, y mi inglés se tropezaba con una cantidad importante de galicismos. Por eso estuve apoyado en lo que parecía una gárgola medieval buena parte de la velada, esperando una hora prudente para partir. Casi a punto de irme, un muchacho mayor que yo, pero todavía joven, se acercó amablemente hacia donde estaba y empezó a platicar conmigo. No le pregunté su nombre, pocas cosas recuerdo de nuestra conversación, pero soy justo al decir que ha sido una de las personas que más ha influido en mi vida. Sólo con verlo caminar, al ver la forma en que se diferenciaba del resto de la concurrencia, supe que yo haría cualquier cosa por no llegar a ser como él. Aunque envidié por un instante su soltura, la contundencia con la que decía sus palabras, su saber, me molestaba algo indefinible. Algo había en él de derrotado, de vencido, de gris, que me aterró. Aún así, antes de despedirse me dijo: “Felicidades, éste es el Vaticano para un intelectual. Si alguien tiene la intención de convertirse en papa tendrá que pasar por aquí”. Después se alejó. Salí entusiasmado con esta idea, con la sola posibilidad. Me fui a casa, a aquel departamento donde me esperaban mi familia, mis libros, y la esperanza de convertirme un día, si no en papa, al menos en cardenal.
Durante los años que viví en Boston fui postergando, incomprensiblemente, mi visita a Cheers, o Bull & Finch Pub, nombre original con el que todavía lo denominan algunos bostonianos. La caminata era de media hora desde mi casa. Cuestión de tomar hacia el Norte en Massachusetts Avenue, girar a la derecha en Boylston o Newbury St., llegar al parque y doblar a la izquierda en Arlington: justo en la esquina de Beacon y Brimmer. Ese trayecto lo recorrí cientos de veces, pero siempre había algo más importante que hacer, como ir al cine, u otro lugar al cual llegar, como un nuevo restaurante en North End o visitar a los amigos. Después se me olvidó. Con el tiempo me hice asiduo de mi propio neighborhood bar, donde aceptaban mascotas. Y si bien ahí no todos sabían mi nombre, sí lo sabía mi tocayo Billy, el cantinero, que sólo al vernos llegar ponía un par de Guinness sobre la barra y sacaba una oreja de cochino para los nenes.
Volviendo de una Navidad en México extraviaron mis maletas en el Aeropuerto Internacional Logan. Fue por los días en que me diagnosticaron laberintitis, padecimiento que nada tiene de borgesiano y sí mucho de infierno circular de Dante. Al menos en eso se había convertido mi Vaticano, tras claudicar a una posible ordenación intelectual. Llegó un anhelado marzo, pero el invierno se instaló, indefinidamente. Una tarde, mientras corría para dar clase, me resbalé con la nieve y caí. Nunca me había caído. Tiempo después, por descuido o por negligencia, en casa nos quedamos sin calefacción. Tuvimos que mudarnos. Ella se quedó con Mofeta. Yo con Capuchino. Tardé mucho en levantarme.
Un día, cuando él y yo vagábamos por rescoldos poco visitados del parque, vi el Bull & Finch. Ahora, como nunca antes, no había otra cosa más importante que hacer, ni otro lugar a donde ir, de alguna manera estaba enfrente de mi propia casa. Making your way in the world today takes everything you got. Salimos del parque por la puerta que da a Charles St. y tuve que cargarlo porque aún no era hora de volver y él no quería interrumpir su paseo dominical tan pronto. Taking a break form all your worries, sure would help a lot. Pero yo no estaba para negociaciones, así que con él entre mis brazos llegué corriendo a la acera de enfrente, experimentando una urgencia inédita por una visita que me había estado esperando más de un lustro. Wouldn’t you like to get away? Sometimes you want to go… Aseguré la correa de Capuchino en la barandilla de la famosa escalinata. Su mirada era de profundo desconcierto, de reproche incluso, y pronto dejó de mover la cola …where everybody knows your name. And they’re always glad you came. Me detuve un momento antes de descender. Tomé aire. Intenté regular mi respiración y me preparé para el ingreso a una vida plena. You wanna be where you can see our problems are all the same. You wanna go where everybody knows your name. Bajé los escalones, empujé la puerta y entré.
Una nueva vertiente de la nostalgia se inauguró con el primer “repetido”. No era lo mismo asistir al cine y ver una vez más aquel clásico privado, que presenciar, por los caprichos de un programador azaroso, ese mismo capítulo que poco a poco se convertiría en nuestro favorito. En un momento dado la programación televisiva dejó de ser desechable para conformar una nueva educación sentimental. Un buen día en las reuniones con los amigos se comenzaron a enumerar episodios, chistes, anécdotas desitcom tal como si sus personajes fueran parte de nuestra vida, como si emergieran directamente de nuestro álbum familiar. La buena sitcom tiene el privilegio de construir personajes entrañables.
Mientras miro ahora los avejentados capítulos de Cheers me doy cuenta de cómo esas personas llegaron a influir en mi carácter. Tengo más cosas en común con ellos que con gente con la que crecí. Me reconozco en todos, cada uno tiene un pedazo mío: la ética del trabajo de Sam Malone, el esnobismo de Frasier Crane, la obsesión por las mentiras de Cliff Clavin, la ira y el malhumor de Carla Tortelli, el amor por la cerveza de Norman Peterson. Por si fuera poco, Diane Chambers y yo tuvimos el mismo trabajo en el mismo lugar –teaching assistant at Boston University– con dos décadas de diferencia. Padecí con verdadera angustia cuando Sam volvió a beber, tras terminar con Diane; pocas separaciones he vivido con tanta empatía como la de Frasier y Lilith. Tal vez tenga que dejar de ver televisión.
Jamás regresé al Bull & Finch, ni pienso hacerlo. Entré ahí buscando algo, a alguien, y me recibió una chica que vendía souvenirs. Ocupé un lugar en la barra, ordené una Guinness y un sándwich “Crane” y me acordé que Capuchino estaba afuera, solo en el frío. Con el pretexto de fumarme un cigarrillo salí, lo desanudé y emprendimos el camino de vuelta por esas calles que, tímidamente, encendían sus farolas bajo un cielo rojo. Tomé Commonwealth Avenue y en la caminata fui distinguiendo esquirlas de mi pasado con asombrosa nitidez. La foto que nos tomamos en aquella acera. La única vez que entramos en esa cafetería. El two bedroom que visitamos en ese edificio porque, eventualmente, la familia tenía que crecer. Ahí, los mejores huevos benedictinos de la ciudad. Justo enfrente el buffet de comida india que, a juzgar por la relación cantidad-precio, siempre privilegiamos. A la cuadra siguiente mi neighborhood bar, donde no me volverían a ver. Fenway Park y un poco más adelante el local de comida tailandesa donde tuvimos la primera y la última noche juntos en Boston, para concluir lo nuestro con una circunferencia perfecta. Esa ciudad, y no Cheers, era el lugar donde todos sabían mi nombre y por algún motivo eso resultaba intolerable. Ya con la certeza de que tenía que partir, llegué a la esquina de Commonwealth y Granby, doblé a la derecha rumbo al río, hasta Bay State Rd., y visité por última ocasión el castillo victoriano que me había dado la bienvenida años atrás. El que había estado ahí ya no era yo. Tal vez ese que había entrado nunca había salido. Salió su doble, un desconocido: salí yo. Pero era hora de volver y encontrarse con el pasado, por más doloroso que fuera. Todo seguía en su sitio. Las arañas alumbrado esplendorosas. Los vitrales con motivos religiosos. El mobiliario de una película de época. El piano. En un instante en que se disipó la concurrencia me vi al fondo, recargado en lo que parecía una gárgola, bebiendo solo pero secretamente entusiasmado. Tuve el valor de acercarme, sacarme a mí mi mismo de un recatado mutismo y decir: “Felicidades, éste es el Vaticano para un intelectual. Si alguien tiene la intención de convertirse en papa tendrá que pasar por aquí”. Exactamente esas palabras, esas mismas palabras, porque aunque yo había hecho las cosas mal, no podría haberlas hecho de ninguna otra manera.
En ocasiones en que la vida se empecina en ser más cruel de lo debido, uno recurre a la fantasía de la sitcom. Algo tenía Alonso Quijano para salir a desfacer entuertos. Un terrible dolor en el alma –que pudorosamente nos omite Cervantes– lo hizo dejar su hacienda, su sobrina y hacer como si fuera un caballero andante. Debió haber sido algo intolerable, tan tremendo que sólo fue superado por el miedo a morir sin confesión. A medio camino de la vida, atravesando por la más oscura de todas las selvas, nuestro Quijote empuña un teléfono público para hacer una llamada en medio de la noche. Es una imagen particularmente triste, la del hombre que llama a alguien más desde la esquina de su casa, tal vez se deba a que todo teléfono público delata una urgencia, al mismo tiempo que un desamparo. Cuelga el auricular y dirigiéndose al chofer de un taxi le pide que lo lleve al aeropuerto Logan. Nunca sabremos el contenido de esa charla, pero debe ser algo capaz de atrofiar el sentido común. La fantasía de vivir nuestra propiasitcom sólo surge cuando hemos saltado la valla de toda razón.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Mezquita de Córdoba

Hace dos años visité este lugar, como me hubiera gustado saber antes lo que este documental ofrece, por si acaso regreso algún día o algún lector de este sitio planea un viaje a Andalucía les invito a ver y disfrutar de esta maravillosa obra